Barras y estrellas, un giro táctico con Massa, Cristina y Macri

Barras y estrellas, un giro táctico con Massa, Cristina y Macri


Dos sindicalistas del ala más combativa de la izquierda kirchnerista, que no provienen del peronismo, posando con el embajador de Estados Unidos en los aristocráticos salones del Palacio Bosch, confirman que el viraje se está concretando. Un gesto de ese tipo, en otro contexto, habría sido imposible de sostener en la liturgia preconciliar del espacio político al que pertenecen.

No solo Hugo Yasky y Roberto Baradel fueron a la residencia de Marc Stanley sino que el propio Pablo Moyano se aventuró a decir que el embajador era más peronista que muchos peronistas. Nadie le había pedido tanto a este sindicalista devenido en peronólogo.

De abrirle las puertas a la Rusia de Putin, que estaba en el umbrales de Ucrania para invadirla, a esta revalorización de los vínculos con los Estados Unidos hay explicaciones provisorias y de oportunidad.

Son signos de la hondura de la crisis económica que empuja al pragmatismo, y Cristina Kirchner no tiene reparos -ni muchas alternativas- de adaptarse a las nuevas circunstancias. No es una decisión permanente, solo una maniobra táctica muy clara: por un tiempo, la Casa Blanca dejará de ser el corazón del imperio para convertirse en un paraguas que facilite la ayuda externa política y de la otra, tan necesaria.

China sabrá comprender que la estabilización del país está primero que todo, razonó un alto funcionario del gobierno. En todo caso, añadió con ironía, deberá explicarles Sabino Vaca Narvaja, el embajador argentino en Beijing que no esconde sus simpatías maoístas.

Si Sergio Massa fue el partero de este giro o si fue el que advirtió que había que subirse al último tren, se sabrá pronto. Es claro que tanto el ministro de Economía como el ex asesor Gustavo Beliz, así como el embajador Jorge Argüello, fueron los que más intentaron desde el comienzo de este gobierno una sintonía fina con Estados Unidos, sin el coqueteo con la dictadura nicaragüense y el autoritarismo de Maduro.

Al final, los que criticaban la empatía de Trump con Macri, ahora exaltan la empatía de Fernández con Biden. Barras y estrellas, como es la obligada política de efectividades conducentes, como diría Hipólito Yrigoyen.

El desembarco de Massa en Washington, el nivel de los diálogos que mantuvo, le dieron a su visita un volumen mayor al de su jerarquía institucional. El ministro hizo todos los deberes: inclusive se animó a elogiar al presidente del BID, Mauricio Claver- Carone, a quien el presidente Alberto Fernández había no solo criticado sino intentado tumbar, para destrabar créditos congelados. Claver le devolvió el gesto diciendo que Massa encarna una política “cohesiva”. Un reconocimiento de que el visitante venía con el aval de Cristina y del Presidente, que hoy también está en Nueva York para hablar en la Asamblea anual de la ONU.

Fernández necesita de grandes escenarios porque aquí anda con las luces apagadas. Se reunirá allí con Macron y ya tiene la certeza de que Joe Biden lo recibirá en el Salón Oval de la Casa Blanca, quizá luego de las elecciones de medio término en EE.UU. preocupación prioritaria para el gobierno demócrata. El Presidente hablará en Houston con petroleros, pocos días después de que Massa lo hiciera. La expectativa es que digan lo mismo.

Si la crisis económica alentó este obligado viraje táctico también descubrió una faceta desconocida del kirchnerismo, hija, además, de la necesidad y de la debilidad objetiva: su disposición al diálogo, lanzado luego del fallido atentado a la vicepresidenta.

La convocatoria la hicieron a los ponchazos como se hacen las cosas que no se quieren hacer. Wado de Pedro, que también se dará su chapuzón americano junto con diez gobernadores, movió la pelota del diálogo sin que el Presidente esté enterado. La que sí estaba enterada era Cristina, dispuesta hasta a reunirse con Macri, el mismo al que en 2015 no le quiso entregar los atributos del mando ganados en una elección limpia.

Ese cambio de actitud pondera el tamaño de la crisis, no la vocación genuina del gesto.

La oferta apunta también a seguir explorando la resistencia de material de la oposición porque se focaliza en Cristina y en Mauricio Macri, a quien implícitamente le reconocen el liderazgo de la oposición. Al igual que la posible suspensión de las PASO: los únicos perjudicados son los partidos miembros de Juntos por el Cambio, que deberían determinar cómo resolver la candidatura presidencial sin perder socios en el camino. El argumento para eliminar las primarias, a la que se subió Schiaretti luego del golpazo electoral de Marcos Juárez, es el enorme gasto que demanda esa elección. La oposición responderá con una campaña que resalte que la libertad no tiene precio.

Aun en el supuesto que ese diálogo se materialice, el resultado solo puede apuntar a disminuir tensiones, objetivo importante, pero coyuntural.

El oficialismo está resignado a convivir con una inflación alta hasta el final de su período y a evitar que la crisis se desmadre. Los problemas centrales seguirán siendo los mismos, con el agravante de que, más pronto que tarde, se comenzarán a pagar los intereses al FMI, según el acuerdo firmado por Guzmán.

Un verdadero -y extremadamente necesario- acuerdo es preciso una vez que los liderazgos sean legitimados, en los que se precisen propuestas compartidas para enfrentar el futuro. Para que esto sea posible hay que imaginar herramientas y fórmulas en la que la convocatoria como los convocantes sean creíbles y despierten confianza de una sociedad escaldada, con una inquietante distancia con la dirigencia política, brecha a la que se debe atender con prioridad y en defensa de los valores democráticos.

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