con las ganas no alcanza

con las ganas no alcanza

Hay que tener ganas de levantarse a eso de las 4 para poder llegar a las 7 a Palermo con el desayuno digerido y evacuado, las zapatillas puestas, la remera y el short como toda protección para la fresca mañanera y listos para encarar un desafío que, aun cuando termine mejor de lo esperado, nos dejará varios días entre doloridos e incapacitados. Hay que tener ganas de correr 42 kilómetros.

Sin embargo, cualquiera que haya largado alguna vez un maratón, como los casi 9.000 que este domingo participaron de la 37 edición del Maratón Internacional de Buenos Aires, la prueba más importante en su tipo en Latinoamérica, sabe sobre todo que con las ganas no alcanza.

Para poder llegar a la meta después de correr por Libertador, 9 de Julio y la autopista Illia y pasar delante del Obelisco, la Bombonera o el Planetario, entre otros íconos porteños, ninguno de ellos arrancó el mismo domingo. Lo hicieron mucho antes. Hace meses, tal vez años.

Tuvieron que tomar la decisión de enfrentar el reto y, a partir de ahí, de armar un plan para conseguir el objetivo. Un plan maestro, a respetar llueva o truene, porque si no, no sirve, más allá de los pequeños ajustes que se le hagan sobre la marcha por imperio de la realidad.

La mayoría habrá contado con un entrenador que los guió para pensarlo, aprovechando su experiencia con decenas de corredores que lo intentaron antes. Muchos, además, habrán entrenado en grupo, lo que ayuda cuando la voluntad flaquea y los dolores musculares se multiplican: de a varios es más fácil superar una sesión que en soledad podría ser un suplicio.

Ese plan debe haber tenido en cuenta los elementos centrales del entrenamiento y también los pequeños detalles. Cuestas para fortalecer piernas y pulmones. Pasadas para aumentar la velocidad. Fondos largos para ir acostumbrándose. Probar con una carrera de 10K. Seguir con un medio maratón. Vencer el miedo a la distancia. Hacer finalmente 30 kilómetros unas semanas antes para medir cómo están los músculos, pero también la cabeza. Hacerlo de nuevo.

Atender la dieta, y descansar bien. Revisar avances o retrocesos en los objetivos parciales. Asumir que por un período largo habrá que irse temprano de fiestas y cumpleaños porque a la mañana siguiente hay que entrenar. Pequeños sacrificios que, de a poco se entiende, tendrán recompensa al cruzar el arco de llegada en un tiempo más o menos cercano al planificado, sean tres, cuatro o cinco horas.

La idea es no pasar nada por alto, ni lo grande ni lo pequeño. Desde elongar siempre para evitar lesiones hasta no cortarse las uñas poco antes de la carrera para evitar posibles lastimaduras que, a lo largo de 42 kilómetros, se vuelven literalmente insoportables. Especialmente, escuchar a los que saben. Si ellos dicen que mejor ponerse vaselina en los pezones para no llegar sangrando por el roce con la remera, a ponerse.

El plan, por supuesto, no termina en la largada. Va a incluir a qué ritmo -parejo- hay que correr de acuerdo con la preparación previa. Cómo hidratarse. Hay que seguir respetándolo, claro: no son raros los abandonos de quienes empiezan más rápido de lo debido y funden. Incluso va a indicar qué comer después, para que la recuperación sea más rápida.

Varias virtudes se conjugan para lograr que un plan triunfe. Constancia probablemente es la más importante de ellas.

Puede sonar demasiado obvio, pero en el país de los improvisadores seriales -donde hasta el Presidente se jacta de no creer en planes- por las dudas hay que decirlo igual: las ventajas de planificar y atenerse a ello para conseguir un objetivo no se notan sólo cuando se trata de terminar bien un maratón.

Los resultados de tanto “vamos viendo” están a la vista.



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Actualidad | Diario Digital

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