el delivery acusado de asesinato y una historia sin inocentes

el delivery acusado de asesinato y una historia sin inocentes


El pronóstico había anunciado probabilidad de lluvias aisladas y viento para el domingo 19 de septiembre de 2021. Hacía dos meses y medio que Ezequiel Maidana, de 19 años, trabajaba como repartidor de la Pizzería D La 31 —como tenía agendada a la rotisería en Whatsapp—, en un barrio de Moreno, zona oeste del Gran Buenos Aires. Se levantó a las 10 de la mañana, se cambió y salió rumbo a la casa de su novia Agustina. Hizo una parada para comprar facturas. La idea era pasar todo el día con su novia. Habían quedado en encontrarse con una pareja amiga. Él tendría que trabajar de noche, entre las 8 y las 11, como todos los fines de semana y algunos feriados, pero había decidido faltar porque el sábado se había resfriado por la lluvia.

Pero el día no siguió según lo planeado. Pasadas las siete de la tarde, su patrona Roxana lo llamó y le insistió para que fuera porque tenía muchos pedidos. El celular de Ezequiel se había roto y usaba el de su mamá Mirta. Pensó en la plata que juntaría para salir en la semana, participar en los torneos de penales y pagar cuentas. Entonces, dejó a su novia, volvió a su casa, se cambió de ropa —eligió un buzo gris claro y un jogging de Boca azul oscuro—, cargó la mochila de reparto roja de PedidosYa que le había prestado un amigo, tomó la bicicleta playera amarilla también de su mamá y fue a trabajar. Era la tercera bicicleta que utilizaba. Según él, ya le habían robado una prestada por su primo Facundo.

Ese domingo todo venía normal hasta que entregó el segundo pedido —dos milanesas completas— en el barrio de Lomas Verdes, Villa Trujui, la zona que los vecinos de Moreno denominan El Ombú, por el corralón que funciona allí. Habían pasado unos minutos de las 9 de la noche.

Lo que dice recordar

. Aviso que entregué el pedido y guardo el celular en la cintura. Me preparo para volver a la rotisería con la bici, y cuando miro para adelante veo a una persona que se tambalea en el medio de la calle.

. Acelero por la derecha para pasarlo en velocidad, ¿viste?, pero el chabón levanta la cabeza, me ve y se me cruza.

. Freno contrapedal, pero ya lo tengo encima.

. “Dame todo”, me dice. Malas palabras, me dice, pero no me gusta decirlas.

. Freno y le tiro la bicicleta encima. Él me arrastra hasta la vereda y a mí se me cae la caja de pedidos. El chabón salta de nuevo y me agarra la bici.

. “Dame todo”, me dice. “Dame el celular”, me dice. “No te voy a dar nada”, le digo y le pido que me devuelva la bicicleta.

. “Que te voy a matar, que te voy a matar”, y me hace el amague como que tiene algo en la cintura, ¿viste?

. Yo no sé. Yo en ese momento no pienso en nada. Te digo que no pienso en nada. No sé lo que estoy haciendo. Cuestión que me lo enfrento.

. Él tiene un gorrito encima de una venda que se le cae por los costados. Tiene los ojos todos violeta. Como que el chabón está… no sé si viene de una pelea.

. Cuestión que agarro una piedra de la ruta, se la tiro y le pego en la cara. El chabón como que no siente nada.

. Se sube a la bicicleta. Corro, corro y le pego una patada. Se tambalea y cae.

. Agarro la bicicleta, pero el chabón con una mano la agarra también y yo del miedo que tengo la suelto.

. Se sube de nuevo a la bici. Lo corro, le pego otra patada y cae.

. Ahí lo empiezo a rodear y grito: “¡Auxilio! ¡Ayudenmé! ¡No tiene nada!”.

. Había autos, vecinos y nadie me ayudaba y yo estaba muy nervioso.

. El chico se sube a la bicicleta. Le pego otra patada que lo ayuda a tomar velocidad y se va.

. “¡Devolveme la bicicleta!”. Lo corro una cuadra y media.

. Una camioneta toca la bocina y me hace luces. Me subo atrás.

. Lo alcanzamos. El de la camioneta lo choca y ahí el pibe cae.

. Lo quiero agarrar de la capucha. No puedo. Se cae. La camioneta frena de golpe.

. Salto de la camioneta pensando que el que maneja se va a bajar conmigo, pero no.

. La camioneta se va. Me deja solo.

. Me agarra más miedo. Ahí es cuando me agarra lo que me agarra. Posta que no sé qué me pasa.

. El chabón se levanta, le meto una patada y le tiro la bicicleta encima.

. Cae y le pego, le pego y le pego muchísimo hasta que reacciono y me doy cuenta qué hice. Veo sangre.

. Me quiero ir. El chico está en el piso y yo agarró mi bicicleta y veo a otros chicos. Les cuento que me robaron en El Ombú y les pido que me ayuden a arreglar el manubrio.

. “Mal ahí”, me dicen. “Este es una re rata”, me dicen. “Hacele lo mismo. Robale todo”, me dicen.

. Me ayudan y les hago caso. El peor error, pero no sé lo que estoy haciendo.

. Le saco las zapatillas. Ni veo de qué color son. Solo las agarro y me voy al lugar del hecho.

*************

Las zapatillas eran Nike, negras con cámara de aire del estilo de las que usa el cantante L-Gante. El chabón o chico, como lo llama Ezequiel, era Javier Coria y tenía 22 años. Su familia le decía Javito. Murió una semana después, el domingo 26 de septiembre de 2021, en el Hospital Larcade de San Miguel. Según la autopsia, sufrió un paro cardiorrespiratorio traumático, provocado por una falla multiorgánica, consecuencia de un traumatismo encefalocraneano grave.

“Yo tengo los videos”, dice Ezequiel y es difícil saber qué tanto recuerda y cuánto de su historia es el resultado de un armado posterior. El dueño de un taller de motos aportó a la causa el video de su cámara de seguridad privada. Allí se ve el momento en el que Ezequiel se baja de la camioneta, derriba a Javier, lo golpea con la bicicleta y le da al menos diez patadas en la cabeza, incluso se observa cómo se apoya en un poste para tomar impulso. “El lugar del hecho” al que vuelve al final de su relato es el cruce de Carriego y Aeronáutica Argentina, en el barrio Lomas Verdes, donde Javier intentó robarle la bicicleta e inició toda la secuencia, que pudo reconstruirse gracias a los videos de comercios de la zona.


Ezequiel Maidana junto a su mamá, Mirta.

Ezequiel está detenido en la Unidad 54 de máxima seguridad del penal de Florencio Varela, a la espera de la audiencia previa al juicio oral. La unidad 54 está incluida en el programa de menores adultos: todos allí tienen entre 18 y 21 años, y no conviven con gente mayor. Se enfrenta a una posible condena de prisión perpetua por homicidio agravado por alevosía en concurso real con robo. Su defensa solicitó el cambio de calificación a legítima defensa o exceso en la legítima defensa, pero le fue negado. También le negaron la prisión domiciliaria mientras espera el juicio. Se enfrenta a un mínimo de 35 años.

Rodrigo Hernán Tejeda, de 30 años, fue acusado como partícipe necesario. Manejaba la camioneta Peugeot 504 color azul a la que Ezequiel se subió para alcanzar a Javier. Hoy está sobreseído.

Lo que siguió

Lo primero que hizo Ezequiel cuando se sobrepuso un poco fue llamar a su novia y pedirle que lo fuera a buscar. Agustina fue en auto con su hermano. Se encontraron con Ezequiel y lo llevaron, junto con la bicicleta, hasta la casa de ella. Él le contó lo que había pasado: un chico le había robado la bici, pero la recuperó y de bronca le había sacado las zapatillas. No podía seguir trabajando, la bicicleta estaba rota. La misma historia le contó a su jefa Roxana por audios de Whatsapp. Llevaron a Ezequiel hasta su casa. Su mamá Mirta lo vio entrar sin la bicicleta, que había quedado en la casa de Agustina, y con un par de zapatillas. Mirta le sugirió hacer la denuncia, pero Ezequiel dice que tenía miedo y no quería salir de su casa. En cada ocasión omitió la escena final de las patadas. Luego dirá que en ese momento registró haberlo pateado sólo dos veces, y que se dio cuenta de la gravedad de lo que había hecho una vez que vio el video.

Todo lo cuenta con voz clara, en general pausada. Suena mucho más chico que los 20 años que cumplió en enero, ya en la cárcel. Clarín obtuvo su testimonio en dos entrevistas por llamadas de Whatsapp. La aprobación para una entrevista presencial nunca se obtuvo, pero el permiso para que los presos pudieran usar teléfonos celulares dictado durante la pandemia del COVID-19, permitió las comunicaciones.

Buzo blanco, cadena por encima de la ropa, jeans claritos, pelo corto, morocho y una sonrisa incipiente. Así se lo ve en una selfie que envía desde la cárcel. En el fondo, dos compañeros están en otra tarea —la imagen congelada hace pensar que están limpiando—, pero uno de ellos, fuera de foco, mira a cámara. Ezequiel dice que la foto se puede publicar, pero no el video que también envía porque lo “compromete mucho”, aunque acepta que se describa.

¿Alguna vez lo llamás por su nombre o siempre es “el chico”?

-Mirá… yo le digo chico porque yo no… no sé el nombre ni tampoco lo quiero saber.

Cuando te ves en el video… decís que no lo podés creer. ¿Alguna vez te había pasado algo parecido?

-No, nunca. Nunca me había pasado esto. Yo no lo podía creer. No soy ese, decía yo mismo. Yo tenía muchos problemas familiares y cosas así, pero nunca actué con esa violencia. Nunca, nunca, nada.

-Después de ver el video y de que lo viera tu mamá. ¿Qué te pasó? ¿Qué le dijiste a ella?

-Mi mamá me miró y no nos pudimos decir nada porque prácticamente de una me hicieron sacar las cosas que tenía yo, mis pertenencias, y me llevaron. No pude hablar con ella. Solo me dijo que esté tranquilo. Eso nomás me dijo, que esté tranquilo. Quedé detenido en la comisaría y ahí ella empezó a actuar. Empezó a moverse, a buscar abogado y esas cosas.

Ezequiel Maidana y su sobrina.
Ezequiel Maidana y su sobrina.

Cuando tuve la primer visita, mi mamá me dijo que por qué hice eso si yo no soy así. Y yo siempre le digo la verdad a ella, que no sabía qué lo que estaba haciendo. No… no sabía. No soy ese, le digo. Yo nunca hice… y llorando se lo decía porque me dolía mucho porque yo jamás lastimé a una persona. Jamás. Jamás lastimé a una persona y lo que hice posta que a mí me duele muchísimo. Se lo dije.

Javier, el papá de Valentina y fanático de Boca

Javier Coria, Javito, era el menor de seis hermanos. Tenía 22 años y trabajaba en una cooperativa de carpintería, donde cobraba $ 33.000 del Plan Potenciar Trabajo. A veces, también ayudaba a su papá en la carga y descarga de material para obras de construcción y mudanzas, y ganaba un extra. Vivía con sus padres, Osvaldo y Nilda, en Trujui, Moreno, cerca del cruce de Castelar. Dejó una hija de seis años, Valentina. La mamá de Valentina y Javier se habían separado durante el embarazo. También una ahijada, Azul, la hija menor de su hermana Karen.

Javier Coria con su hija Valentina.
Javier Coria con su hija Valentina.

Era fanático de Boca. Iba a los partidos de local con su papá, primos y amigos. Practicaba boxeo, pero no peleaba. Le gustaban las motos, y anduvo en una que le compró su papá hasta que sufrió un accidente cinco años atrás. Fue a la Escuela Primaria N°31 Juana Paula Manso, y después se cambió a la Escuela de Educación Secundaria Técnica N° 3, ambas de San Miguel, pero no había terminado el colegio. Su familia cuenta que le gustaba bailar cuarteto, cumbia y rock.

*************

Es una tarde soleada de lunes, 11 de abril de 2022, y las medidas de cuidado por COVID aún se mantienen. Por eso, Osvaldo y su hija Karen, que con 26 años ahora es la más chica de cinco hermanos, hablan y sus voces deben traspasar los barbijos. Viajaron de Moreno a San Justo, hasta el estudio del abogado Hugo López Carribero, quien los representa como la parte querellante en la causa.

Karen: Él era un pibe que se sacaba fotos. Se vivía sacando fotos.

Osvaldo: Todo el día.

Karen: Vivía con el celular. Era muy presumido (risas). Unos días antes, quería sacarse una foto en el espejo de mi baño y me pidió el celular. Yo le decía “gordo, sos re cargoso”. Él me pedía, “bueno, ahora sacame una así, casual”. En la última foto que tengo de él, está haciéndose el que toma mate, casual. Era muy presumido. Le encantaba vestirse. Era fachero. Las zapatillas, las que le sacó ese chico… Era el boom de L-Gante, y él decía que quería las zapatillas de L-Gante. Fue y se las compró.

Osvaldo: No me acuerdo cuánto le habían salido, pero me pidió 10.000 pesos. “Pa, yo pongo lo otro y cuando cobre lo de la cooperativa te lo devuelvo”, me dijo. Eso era lo que tenía él, que pedía plata y yo no se la cobraba, pero me la devolvía porque sabía que después me iba a pedir otra vez.

Aclaran que accedieron a dar la entrevista porque el abogado les aseguró que era sin cámaras. Apenas después de la golpiza, cuando Javier aún agonizaba, su hermana fue la vocera de la familia ante los medios. Un móvil del programa “Cortá por Lozano” se acercó hasta el barrio de la familia Coria, que reclamaba justicia. Allí Karen diría que su mamá Nilda es pastora de una iglesia evangélica y uno de los panelistas, Diego Poggi, respondió: “Bastante desviado le salió el pibe”. Luego agregó: “Es que es chorro. Es que robó” .

Sosteniendo una foto de su hermano con la frase “Justicia por Javito”, Karen respondió: “Yo no defiendo a mi hermano porque sé que él no es un santo, pero el otro tampoco será ningún santo. Si no, no hubiese hecho lo que hizo. La mamá lo tiene como un bebé y de bebé no tiene nada. Yo opino que una persona a la que le robás y que no tiene esa maldad, se deja robar y bueno, uno tiene que irse con la cabeza gacha, o como se dice acá en el barrio, como un gil».

La discusión se elevó de tono en el estudio del programa Al final, rodeada de vecinos y familia que sostenían carteles con las consignas “Justicia por Javier. Ezequiel Maidana asesino” y con ladridos de perros como banda de sonido, Karen agregó: “Si mi hermano llega a salir de esta, si se llega a recuperar, que la pague si coso… pero nosotros queremos que el muchacho este también la pague”.

Esta tarde de lunes de abril, sin cámaras, aseguran que Javier no tenía antecedentes de robo. Tenía una causa, sí, pero por resistencia a la autoridad en la Ciudad de Buenos Aires. Osvaldo aclara que su hijo fue a juicio y lo sentenciaron a realizar tareas comunitarias. “Nunca estuvo preso él. Mi hijo no es ladrón. No es nada”, lo dice en presente. Tampoco mencionan a Nilda como pastora. Es una ama de casa creyente que asiste los domingos, miércoles y sábados a la Iglesia Evangélica Shalom. Javier solía acompañarla. Su velatorio se realizó allí.

La casa de la novia de Ezequiel queda a dos cuadras y media de donde viven los Coria. El conductor de la camioneta Peugeot 504 color azul, Rodrigo Hernán Tejeda, vive a unas cinco cuadras. Sin embargo, no se conocían. Sus vidas se cruzaron ese domingo 19 de septiembre de 2021, y comenzaron las acusaciones y sospechas cruzadas entre las familias Coria y Maidana.

“Estábamos en un momento de duelo y ella (Mirta, la mamá de Ezequiel) decía que la amenazábamos, que le tirábamos cortes (la acción de llevar el motor de un auto o una moto al límite electrónico o mecánico de aceleración) frente a la casa”, cuenta Karen. Osvaldo agrega: “La madre salió a hablar barbaridades de nosotros, y la dejamos que hable todo lo que quiera. Mi hijo trabaja, trabaja, trabaja, decía la señora, pero nunca salió a declarar el patrón”.

Ezequiel y Rodrigo, el conductor de la camioneta, sostienen que no se conocen, y en la causa no hay pruebas de una conexión o acuerdo previo entre los dos, pero los Coria desconfían y aseguran que hay un vínculo entre ambos a través del club de fútbol Los Toritos.

Javier Coria junto a su familia.
Javier Coria junto a su familia.

¿La familia de Ezequiel Maidana o el conductor de la camioneta se acercaron a hablar con ustedes?

Karen: Ninguna de las dos familias se acercó jamás. Mirá lo que… lo que coso… La madre del chico, de Ezequiel, jamás se acercó porque (balbucea) a nada. Nosotros no la íbamos a cagar matando, ni le íbamos a pegar ni nada de eso, eh… “Yo nunca me acerqué porque no sabía lo que me iba a pasar”, dijo. Mi mamá es un pan de Dios. Mi mamá es capaz de, no sé, de sentarla y hablarle de Dios y que todo pasó como si nada, pero jamás se acercó ninguna de las dos familias a hablar a mi casa.

Palabra de madre

“Nunca estuve de acuerdo con que trabajara de delivery”, dice Mirta Miranda, la mamá de Ezequiel, una tarde de sábado, en la oficina de la abogada de su hijo, Karina Astray. Es 7 de mayo de 2022 y la acompaña una de sus dos hijas mayores, Anabella, de 26 años, quien avisa que no va a participar de la entrevista.

Ezequiel tiene seis hermanos: Andrea, Anabella, Ayelén y Ezequiel son hijos de Ariel, la primera pareja —y aún marido legal— de Mirta; Andrés, hijo de Roberto, con quien Mirta estuvo cuatro años; y Nahiara y Ludmila, las más chicas con 11 y 8 años, fruto de la relación con su actual pareja, Emanuel, con quien está hace 12 años. Además, tiene cuatro sobrinos. Mirta es ama de casa, tiene 49 años y casi toda su vida vivió en el mismo barrio, Santa Brígida.

Ezequiel Maidana
Ezequiel Maidana

Para despejar las sospechas de venta de drogas, Mirta se ocupa de explicar el trabajo de Ezequiel. Era delivery de un local ubicado a unas seis cuadras de su casa. La dueña se llama Roxana. Ella y su pareja empezaron vendiendo pizzas. Les fue bien y ampliaron el negocio. Antes de Ezequiel tuvieron a otro delivery que trabajaba en moto. “Lo conocí porque yo pedía pizza ahí”. Al chico le robaron la moto y dejó de trabajar. Sumaron otras comidas, como hamburguesas y milanesas. Ezequiel había empezado a trabajar hacía dos meses y medio con la bicicleta de su primo Facundo, pero se la robaron una madrugada de sábado del lavadero de su casa. No hizo la denuncia. Según esta historia, solo le habían robado una bicicleta, antes del encuentro con Javier. Hubo otro robo, pero fue a su tío que vive en el mismo terreno que Ezequiel y su familia, al fondo. Le apuntaron con un revólver y le sacaron la billetera y el celular. Sin embargo, según la causa y notas periodísticas las bicicletas robadas habrían sido tres.

Mirta cuenta que después de lo que pasó, la rotisería cerró un tiempo. Intentaron reabrirla y no funcionó. “Después de Ezequiel, Roxana me dijo que la empezaron a molestar. Aceleraban los autos en la puerta. Pasaban y le miraban la casa. Le encargaban pizzas, las llevaban y no había nadie. Hubo gente, de parte mía también, te digo, que se enojó con ellos porque no defendieron a Ezequiel. Lo dejaron a la deriva en su momento”.

“Por comentarios que vi en Facebook, sé que para muchos mi hijo es un héroe sin capa, pero no se hicieron cargo las personas que se tenían que hacer cargo, que son los de la rotisería y ahí empezaron con los comentarios. No puedo hablar más”, agrega.

Santa Brígida era para Mirta un barrio tranquilo, pero dice que ahora camina alerta y mira para todos lados. Afirma que el día que falleció “el chico” le aceleraron una moto en el portón de su casa. No llegó a ver quién fue.

***************

Mirta: ¿Qué hiciste?

Ezequiel: Yo le pegué. Yo le pegué, mamá. Recuperé tu bicicleta. Tu bicicleta quedó en lo de la Agustina.

Mirta: Pero, ¿qué pasó?

Ezequiel: Le pegué, mami.

Mirta: ¿Qué hiciste, Ezequiel?

Ezequiel: Me robó y yo lo fui a buscar. Mirá, le saqué las zapatillas.

Mirta: No sé si tengo unas ganas de meterte un cachetazo o qué.

Sentada en el estudio de la abogada, con una cartera apoyada sobre su regazo, Mirta recrea el diálogo que tuvo con su hijo aquel domingo a la noche. Siguieron hablando, pero aclara que él no le aclaró cómo fue o qué tanto le había pegado “al chico”.

“Ni son tu estilo, Ezequiel. Esas zapatillas no te gustan a vos”.

Estaba inquieto. Recuerda haberlo visto hablar con su hermana, enviarle mensajes a su novia, y que luego se duchó y se durmió como a las 2 de la mañana. “Al día siguiente se levantó y me avisó que la Policía estaba viniendo a buscarlo”. Mirta recuerda —con bronca— que los oficiales dijeron el nombre de su hijo y acto seguido preguntaron por las zapatillas. Ezequiel las puso en una bolsa y se las entregó. Entonces, le dijeron que tenía que ir a declarar.

-¿Por qué esas zapatillas no son del estilo de Ezequiel?

Mirta: Porque son muy caras, cosa que Ezequiel no usa. Son muy villeras, no quiero discriminar. Eran unas Nike negras con cámara. No son del estilo de Ezequiel… Antes nunca había usado una cosa de esas. Siempre se compraba zapatillas bajitas. Facheras, pero comunes. No es el estilo de él andar con ropa deportiva… Creo que la palabra que usé antes estuvo mal. Capaz que insulté a alguien.

Se disculpa.

Mirta vio por primera vez el video en la comisaría. Como no había llevado sus anteojos, sólo llegó a distinguir que una persona le pegaba patadas a otra. A la noche, en su casa y ya con sus anteojos, volvió a verlo. “No es mi hijo. Hasta el día de hoy digo que no es mi hijo. Cuando se corre y se ve que se va a un costado, donde hay otras personas, ahí por el modo de pararse, ahí sí. También me cuesta ver cuando hace videollamadas porque ahí caigo dónde está, veo las rejas detrás de él y las camas esas de material… y verlo ahí”, se quiebra.

La familia de Ezequiel afirma que reconstruyó la secuencia previa a las patadas y sostiene que hay un video en donde se lo ve a Javier salir de un auto negro. “O estaba robando el auto o tenía compañeros”.

Además, Mirta asegura tener un audio en el que “conocidos del chico” le dijeron que tuviera cuidado porque iban a atacar mi casa: “Supuestamente, Ezequiel se había traído el arma del transa. Que Javier robó a un transa y que le rompieron la cabeza por ese arma, y que con ese arma le robó a Ezequiel. Ellos creían que Ezequiel se había quedado con el arma”. Añade que en uno de los videos se advierte que a Javier se le cae algo, pero ese algo nunca se encontró ni aparece en otro video.

Astray le recuerda a la familia, mamá y hermana, que todo lo que averiguaron se tiene que probar: “Con los videos podríamos demostrar que quizá Ezequiel no le dio con tanta alevosía, como pretende hacer creer la Fiscalía, sino que este chico ya estaba lastimado de antes”.

-¿Cómo fue la primera visita en la cárcel?

Mirta: (Suspira). Fue lo peor. (Se le quiebra la voz). Me caí. Me caí porque mi hijo se cayó. Tiró una lágrima (llora y traga saliva) que parecía un bebé. Yo trataba de consolarlo y él me consolaba a mí. “Mami, me quiero ir con vos”. Fue horrible (dice llorando). “¿Por qué estás acá?”, le preguntaba. Es algo que todavía no entiendo. Yo sé que hizo algo que no tenía que haber hecho. “¿Hiciste tantas cosas y terminás acá? Sos una excelente persona y no es porque mamá te lo dice. ¿Por qué te toca esto?”.

Hace dos años lo operaron de la vesícula y la pasó muy mal. Sentí que mi hijo se me moría. En ese momento, antes de que entrara al quirófano, le dije: “Mamá va a estar siempre. Vos entrás ahí y yo entro con vos. De acá salimos juntos”. Lo mismo le digo ahora. Yo estoy presa. Mi mente está con él.

****************

El domingo 19 de septiembre de 2021, Javier se levantó a las 9 de la mañana y se preparó junto a su familia para ir a ver a uno de sus hermanos, que juega en un equipo barrial de fútbol cinco. Cuando terminó el torneo, los Coria se quedaron para el tercer tiempo, pero Javier volvió a su casa a las 5 de la tarde y se encerró en su habitación. A partir de este punto, la historia varía. En la entrevista Osvaldo y Karen aseguraron que Javier salió a las 7 de la tarde y que no saben a dónde fue. En cambio, según la denuncia que hizo su hermano Maximiliano, Javier se fue a las 9 de la noche para visitar a unos primos que viven cerca, en San Miguel.

Un vecino, dueño del taller de motos que aportó el video donde se ve la golpiza, fue hasta la casa de los Coria para avisarles que Javier estaba tirado y ensangrentado en la calle. Uno de los hermanos, Sebastián, fue a socorrerlo en bicicleta. Osvaldo lo siguió corriendo, en ojotas, short y sin remera. Lo encontraron con sangre en la cabeza, sin zapatillas y sin su celular. Como la ambulancia no llegaba, lo subieron en un auto y lo llevaron primero al Hospital Santa María, y luego lo trasladaron al Larcade de San Miguel.

Según la denuncia de Maximiliano, Javier estaba bien. Lo había visto en su casa y podía asegurar que no tenía heridas. Osvaldo también declaró ante la Policía y señaló que su hijo jamás había estado demorado o detenido por delitos en causas mayores, aunque reconoció que tenía problemas de consumo: tomaba cocaína y alcohol.

“Miras los videos y te dan ganas de meterte y defenderlo. Como 11 patadas en la cabeza le dio, y en unas cuantas le saltó como si estuviera en un inflable. Le tiró con el cuadro de la bicicleta… Queremos que pague, que el chico pague lo que tenga que pagar. Igual que el chico de la camioneta”, reclama Karen.

La imagen de la golpiza del delivery contra Javier Coria (22) en Villa Trujui (Moreno).
La imagen de la golpiza del delivery contra Javier Coria (22) en Villa Trujui (Moreno).

Una semana después, el mediodía del domingo 26 de septiembre, la familia Coria estaba preparándose para comer un asado. Había un motivo para celebrar: Javier había movido sus ojos y el brazo derecho. Faltaban 20 minutos para la una cuando sonó el teléfono de Karen. Le comunicaron que su hermano había fallecido una hora antes de un paro.

La lista

Ezequiel: Sabés que vino… Disculpa, ¿no?. Vino la lista. Vinieron los encargados. Nos van a… Van a entrar a decir nuestros apellidos. ¿Querés que lo ponga en silencio o querés escuchar?

Como vos quieras.

Ezequiel: Listo, lo dejo ahí.

(Se escuchan golpes contra lo que parecen ser las rejas. No se oye una voz).

Ezequiel: Ya está. Al final nos miraron y nos contaron nomás.

-¿Qué fue ese ruido?

Ezequiel: Nos engomaron. Es cuando ponen el candado en la puerta para que ya no salgamos de la celda.

Se interrumpe así la segunda llamada por Whatsapp. Entre la primera y la segunda conversación pasa más de una semana. En el penal,no tienen señal todos los días.

Ezequiel está terminando el secundario en la cárcel. “Estuve dos años con mi novia y lo único que hice fue trabajar, ir a mi casa, jugar a la pelota y estar con ella, todo el tiempo en la casa de ella”. Ezequiel y Agustina se pelearon al tiempo que él ingresó a la cárcel. Hace poco volvieron a hablar. Ella le contó que está trabajando y que está bien.

Todas las tardes de lunes a jueves —entre la 1 y las 4— Ezequiel va a la escuela. Está cursando Inglés, Matemáticas, Literatura e Historia. Le faltan dos años para terminar. De los 56 detenidos del pabellón, solo 10 salen a la escuela.

Antes había hecho la primaria en la Escuela N°47 de Trujui. Cursó la secundaria en la Escuela N° 68, que queda al lado. Llegó la pandemia y “se hizo el vagoneta” diría su mamá. Es decir, abandonó. En septiembre del año pasado iba a retomar sus estudios a través del Plan FinEs, que les permite completar sus estudios a quienes tienen más de 18 años. Ahora estudia en la cárcel.

Recibe visitas cada 15 días. Su mamá, su padrastro, hermanas, sobrinos, tíos y amigos se turnan para ir a verlo. También va su papá, aunque ellos dos estaban alejados. A Ezequiel le preocupa el costo de cada visita: entre 10.000 y 12.000 pesos por el traslado en remís desde Moreno hasta Florencio Varela y la mercadería que le llevan.

¿Qué esperás que pase?

Ezequiel: Quiero que cambie la carátula, que el juez se fije en mi caso, como soy yo, cómo fue todo e irme a mi casa.

-¿Irte a tu casa libre o te referís a la prisión domiciliaria?

Ezequiel: Ir a mi casa libre. Si no pudiera eso, preferiría ir a mi casa con una domiciliaria para cumplir el error que hice yo.

La fecha del juicio oral aún no está establecida. Astray explica que a un juicio que en el departamento judicial de Moreno – General Rodríguez, demoraba entre dos años y medio y tres ahora hay que sumarle el retraso que la pandemia ocasionó en varios procesos.

“Maidana presenta una personalidad con tendencia a la impulsividad sin mediar el razonamiento previo, con pobre control de sus impulsos”. Esta fue la conclusión de un informe realizado por peritos oficiales, psicólogo y psiquiatra. La defensa cuestiona este peritaje.

Ezequiel está preso, Javier, muerto. Sus familias intentan continuar sus vidas. Afuera, en las calles de Moreno, se siguen escuchando “cortes” de motos y de autos.

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