El desprecio de Putin por el mundo hispano

El desprecio de Putin por el mundo hispano

Me siento ofendido, doblemente ofendido. Primero, como persona; segundo, como súbdito de su Majestad española, el Rey Felipe VI. Bueno, y también, ya que estamos, como ciudadano del mundo hispanoparlante.

¿Por qué Vladimir Putin me desprecia -nos desprecia- tanto? ¿Por qué discrimina contra nosotros? ¿Cómo es que nos considera personas de segunda categoría, inferiores a los habitantes de los países anglófonos?

Me refiero, por supuesto, a su lista negra de indeseables, casi todos provenientes de Estados Unidos y Gran Bretaña, entre ellos varios periodistas por los que siento una envidia que me revienta.

En la lista están Joseph Biden, Boris Johnson, la vicepresidenta Kamala Harris, la flamante primera ministra británica Liz Truss, los actores Morgan Freeman, Ben Stiller y Sean Penn y más de mil figuras famosas y no tan famosas de la llamada ‘angloesfera’. El castigo: Putin les ha prohibido indefinidamente la entrada a Rusia.

Entre los periodistas británicos, 41 hasta la fecha, están los directores de la BBC, the Times, the Telegraph, the Guardian y the Independent y un par de antiguos compañeros míos. Pero españoles y latinoamericanos, ni uno.

No somos importantes, no somos dignos de su atención. Me recuerda una frase de la película ‘Casablanca’. Un personaje le dice al protagonista, interpretado por Humphrey Bogart: “¿Me desprecias, Rick, no?” Rick contesta: “Si alguna vez pensara en ti, probablemente”.

El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ha explicado que las medidas contra los periodistas británicos son la respuesta a “la histeria antirrusa” y a la “difusión desenfrenada de información en una campaña política de Londres que busca aislar a Rusia”. Entendido. ¡Pero que dolor me provoca que no me incluyan, a mí que he hecho casi todo a mi alcance para azuzar la susodicha histeria desenfrenada contra Putin!

He escrito que es un loco, un carnicero, un acomplejado, un narcisista amoral que busca la gloria como sus antepasados, los zares, en trasnochadas nociones de expansión imperial, que lo que más anhela Vladimir el Bajito es ser recordado como Pedro el Grande, conquistador ruso del siglo XVII. Pero ni caso. Ni a mí ni a los muchos periodistas hispanos que habrán escrito cosas similares.

Lo humillante para todos nosotros es que si yo siguiese publicando de manera regular en medios para los que trabajé en tiempos menos ilustres de mi carrera, como the Times o la BBC, estoy bastante seguro de que sí podría gozar del honor de poder decir a todo el mundo que estaba en la lista negra de Putin, que no se me permitiría entrar en suelo ruso.

Espero que la embajada rusa en Madrid, o la de Buenos Aires, interprete mis palabras por lo que son, una queja formal por el trato descortés a mi persona. Pero, hablando más en serio, lo que le incumbe ahora a la comunidad internacional hispana es, como mínimo, amenazar con retirar sus embajadores de territorio ruso hasta que esta injusticia se corrija.

Bueno. Ya está. Lo he dicho. He descargado mi indignación y me siento mejor. Ahora toca respirar hondo e intentar ver el lado bueno de esta desgracia. Total, no hay mal que por bien no venga. Y la reflexión que me viene a la mente es que si no puedes con tu enemigo, únete a él.

A raíz de un video de 53 segundos que acabo de ver en YouTube se me ocurre que debería aprovechar la infeliz circunstancia de no tener prohibida la entrada a Rusia y contemplar irme a vivir ahí.

Me explico. El video, una producción rusa transmitida (cómo no) en inglés, es una especie de anuncio publicitario cuyo fin es convencer a los extranjeros de que emigren a la patria de Putin. Con admirable economía, bonitas imágenes y una música conmovedora, se nos comunica una lista de los atractivos, supuestamente únicos, que Rusia posee.

Una voz solemne los detalla: “cocina deliciosa, mujeres lindas, gas barato, una rica historia, gran literatura, tierra fértil, electricidad barata, ballet y taxis baratos”. Al principio pensé que era un chiste, una parodia de un anuncio turístico, especialmente cuando vi que la frase “mujeres guapas/lindas” iba acompañada de una imagen de un par de chicas rubias, como de seis años, corriendo por una pradera. ¿Qué?” me pregunté. “¿Se trata de una broma de mal gusto sobre la pedofilia?” Pero no. Indagué un poco y resulta que el video va en serio. Se ha emitido con el visto bueno de las autoridades rusas.

Ah, y casi me olvido: en esos intensos 53 segundos ofrece incluso más motivos para mudarse a Rusia. “Valores tradicionales, Cristiandad y vodka”, más “una economía capaz de soportar miles de sanciones.” Siendo esta la rusia de Putin, el anuncio termina con una amenaza: “Winter is coming”, viene el invierno. O sea, un mensaje dirigido a los europeos a los que Rusia está cerrando el acceso a luz y el gas. Vengan a Rusia ya, antes de que se mueran todos de frío.

No sé si aceptar la oferta. Sospecho que en invierno soportaré menos frío acá en Barcelona sin calefacción que en Moscú con, y que nuestra cocina quizá sea incluso más deliciosa que la suya. Lo de los taxis baratos me atrae, como el vodka y las mujeres lindas. Pero aquello de los valores tradicionales me hace pensar que para integrarme en la sociedad rusa tendré que aprender a convivir con la homofobia y, en cuanto a cómo se supone que tendría que relacionarme con las mujeres, me recuerda a aquella vez que Putin se congratuló de que las prostitutas rusas eran “indudablemente las mejores del mundo”. Acúsenme de un exceso de corrección política, pero eso no me va.

Soy consciente de que habrá que decidir ahora o nunca, ya que Putin está perdiendo su guerra, que puede que caiga y que la gentil oferta de asilo desaparezca con él. Pero aún así, pensándolo mejor, creo que no. Mejor que no. No se me ofenda, Vladimir, pero no voy a aceptar su invitación. Gracias, pero no. Nyet. No



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