Horacio García Blanco, la tragedia del «gordo» que brilló en la radio y al que mató el corralito

Horacio García Blanco, la tragedia del "gordo" que brilló en la radio y al que mató el corralito


Es 30 de mayo de 2002. Horacio García Blanco, uno de los periodistas deportivos más populares de la Argentina, muere en el Sanatorio de la Trinidad, en Palermo, por una insuficiencia renal. El viaje a Barcelona y el trasplante que lo podría haber salvado ya no serán posibles. La plata para la intervención, ahorros de toda una vida, quedó atrapada en un banco. El Gordo tiene 64 años.

“A mi papá lo mataron el cáncer y el corralito, porque no pudo sacar la plata que tenía guardada para operarse en España”, denunció en aquel momento su hija Rocío, cuando el presidente era Eduardo Duhalde. “Una jueza (María Cristina Carrión de Lorenzo) no lo autorizó a sacar sus ahorros, que estaban congelados, porque entendía que la gravedad de la dolencia de mi padre no lo justificaba”.

En su cuenta del Banco Privado, el periodista disponía de 568.000 dólares. La jueza Carrión de Lorenzo, luego de varios pedidos, sólo permitió que se retirara el 10 por ciento de esos fondos, un dinero que no cubría los gastos de la intervención quirúrgica: García Blanco, que también tenía la nacionalidad española, estaba obligado a recurrir a la medicina catalana porque en la Argentina ya se había agotado su tiempo en la lista de espera de donantes. 

“En su momento, el que abordó el tema de Horacio y el corralito fue Mauro Viale en su programa de América. Y a mí me invitaron un par de veces para que diera mi testimonio”, recuerda el periodista Carlos Irusta, especialista en boxeo, con una larga trayectoria en la revista El Gráfico, y quien cubrió junto a García Blanco para la televisión la pelea en la que Mike Tyson le arrancó parte de una oreja de una mordida a Evander Holyfield.

“Para Horacio, el corralito fue un mazazo psicológico… Lo terminó de destruir… Y sí, es duro darte cuenta de que todo lo que ahorraste en tu vida de laburante al final no te sirve para nada”, agrega Irusta, todavía conmovido, sin terminar de digerir lo que le ocurrió a “una de las figuras que más admiraba en el periodismo”.

¿Qué pasó, finalmente, con el dinero que estaba depositado en la cuenta de García Blanco? ¿Cómo siguió la carrera de la jueza Carrión de Lorenzo?


García Blanco, en el ring side, en su rol de comentarista de boxeo.

Único hijo, Horacio García Blanco había nacido el 15 de julio de 1937. Se crió en Barracas, en una humilde casa de Herrera a metros de Ituzaingó, a cuadras de La Bombonera. Sus padres, Don Faustino y Doña María, habían llegado de Lugo, Galicia, y se conocieron entre telas y tijeras, trabajando en la fábrica textil «Los mil colores».

No tuvo una infancia fácil, al contrario. El 2 de agosto de 1949, cuando él tenía 12 años y cursaba quinto grado en el Cardenal Cisneros (“colegio pago”, como se decía en aquel momento), su padre murió.

“Fue un golpazo. Pero no me quedó más remedio que poner el pecho y salir adelante. Mi padre me enseñó muchas cosas. Siempre me decía: ‘no podés querer a nadie si primero no aprendés a respetarlo’”, recordó.

Para ayudar a su madre, Horacio, a quien apodaban El Gallego, empezó a trabajar como “peón” en el almacén de Don Carlos Polo: «con una canasta, llevaba mercadería para todos lados», recordó él mismo sobre su actividad, una versión rudimentaria de lo que ahora se conoce como delivery. 

El secundario lo curso en la Escuela de Comercio Joaquín V. González (“pública, sobre la Avenida Montes de Oca”), pero no lo terminó «porque había que parar la olla».

Con capacidad para adaptarse a diferentes rubros, Horacio trabajó en la empresa de galletitas Bagley, en la aceitera Argentina, en la empresa de elevadores Otis y hasta fue presentador de una banda de jazz, The Georgians Jazz Band. Un todoterreno.

“También trabajé plastificando pisos”, le contó a El Gráfico en 1985. “Armé una empresa con Raúl Madero, que luego sería una de las figuras del Estudiantes de Osvaldo Zubeldía y más tarde se convertiría en el médico de la Selección Argentina. Éramos vecinos. Raúl era uno de mis mejores amigos”.

La carrera de García Blanco como periodista empezó en 1959, en Radio del Pueblo. Lo contrató el relator Roberto Moreno, que había visto a Horacio “opinando como espectador” en la tribuna de Polémica en el fútbol, programa de televisión pionero en tertulias sobre la pelota.

De Radio Del Pueblo pasó a Belgrano. Y luego, cada vez más consolidado en su rol de comentarista, siguió en Rivadavia, donde permanecería 27 años como ladero de Osvaldo Caffarelli en las transmisiones de boxeo, y de José María Muñoz en fútbol.

Aunque cubrió diferentes deportes, su especialidad era el boxeo. No por nada, integraba el tribunal de honor de la Unión de Periodistas de Boxeo de la Argentina.

Mirtha, Horacio y su hija Rocío (Instagram Rocío García Blanco).
Mirtha, Horacio y su hija Rocío (Instagram Rocío García Blanco).

“Horacio fue mucho más importante como comentarista de boxeo que de fútbol”, lo define Osvaldo Príncipi, que también dedicó su vida profesional a los cuadriláteros.

En su contacto de whatsapp, Príncipi lleva una foto en la que posa junto a un joven Carlos Monzón; el campeón del mundo de los medianos luce una musculosa blanca y sonríe plenamente.

Además, Príncipi habla como cuando relata, con gran despliegue de inflexiones y tonos de voz.

“Horacio García Blanco fue el comentarista de los canillitas, de los burreros, de los que iban al cabaret… Un personaje típico de Buenos Aires… Nochero… Era la voz que el pueblo quería escuchar en la madrugada del domingo, cuando se terminaban las peleas en el Luna Park. En una época en que las transmisiones de boxeo eran tan importantes como las de fútbol o automovilismo, se transformó en la opción al análisis fino e intelectual que ofrecía Ulises Barrera, otro de los tenores de aquel tiempo”.

Príncipi, de 65 años, recuerda que es un periodista de la “generación posterior” a la de García Blanco. Pero, más allá de esa diferencia, también compartieron una transmisión “inolvidable”. Ocurrió en 1987. Un acuerdo entre Canal 2 y Radio Rivadavia reunió a Osvaldo como relator y a Horacio como comentarista de la pelea entre Sugar Ray Leonard y Marvin Hagler en el Caesars Palace de Las Vegas, un combate que Leonard ganó con fallo dividido y que todavía sigue generando polémicas.

“Esa noche, Horacio me demostró su profesionalismo y, antes que nada, su don de gente; él era un consagrado y yo daba mis primeros pasos en la televisión. Pero hizo todo para que no se notara esa diferencia”, sigue Príncipi, que desde hace ocho años conduce el programa Tango, libro, boxing club por La 2X4.

En la radio, Príncipi ofrece un segmento en el que repite relatos de peleas legendarias. «Y los oyentes nos piden más relatos de Osvaldo Caffarelli y García Blanco que tangos de Alberto Castillo con la orquesta de Ricardo Tanturi”, avanza Osvaldo.

¿De dónde venía el fervor de Horacio por el boxeo? ¿Qué lo conmovía de ver a dos hombres cruzándose ganchos al hígado?

“En Barracas, donde me crié, había tres escuelas de boxeo. Y lo practiqué hasta que me di cuenta de que era más lindo comentar que recibir golpes”, señaló.

En sus tiempos de hincha llegó a viajar en la caja de un camión a Rosario, tapado con una lona, para seguir al gran Cirilo Gil. Luego, su oficio lo compensó: en 1977, por ejemplo, se hospedó casi un mes en los mejores hoteles de Montecarlo para cubrir la pelea que Monzón le ganó al colombiano Rodrigo Valdez.

“Horacio tenía un lenguaje de barrio”, analiza Irusta, de 74 años. “Pero lo que yo más valoraba era su poder de síntesis, la capacidad para, en 30 segundos, entre round y round, pintar un asalto y justificar su tarjeta”.

Si tenía que elegir al mejor boxeador de todos los tiempos, Horacio no dudaba: Sugar Ray Robinson, el peleador negro nacido en Estados Unidos que brilló entre las décadas de 1940 y 1950. Y si la consigna era describir la pelea que más lo había impactado, se inclinaba por la de Tito Yanni y Horacio Saldaño en el Luna Park, en 1980. “Fue durísima, terrible. En el cuarto round la gente se iba. Me dejó un sabor ácido…”.

De verba fluida, con facilidad para las descripciones, el Gordo podía decir que tal boxeador “cambia monedas por pesos” o que a otro le habían dejado la boca “hinchada como una aceituna”.

Tampoco le faltaba claridad conceptual. De Nicolino Locche, por caso, le gustaba señalar: “Era el boxeador de las mujeres. Le sacó dramatismo al boxeo, le quitó la sangre… Usaba el boxeo para hacer su show. Lo que hacía no se puede enseñar”.

García Blanco hablaba y hablaba y también escribía. A la revista Goles llegó como redactor en 1962 y se fue como director en 1975. “Cuando empecé a escribir, la revista tiraba menos de 70.000 ejemplares, y cuando me fui, la dejamos en 157.417. Es más, durante el Mundial 74 llegamos a los 207.000”, se jactaba.

En 1980, durante uno de sus viajes como periodista de Rivadavia (a Porto Alegre, Brasil, para cubrir el partido Internacional-Vélez por la Copa Libertadores), Horacio recibió otra trágica noticia: su mujer Mirtha, de apenas 34 años, con quien había tenido a su hija Rocío, había fallecido.

“Yo estuve en el velatorio”, comenta Irusta.” La radio contrató un avión para que Horacio volviera cuanto antes de Brasil. Fue muy triste”.

Todavía de duelo por la muerte de su esposa, Horacio se mudó a Martínez, a una casa con pileta, en Puerto Rico y Edison, a pocas cuadras de lo que luego sería el shopping Unicenter.

Dos años después, en 1982, empezó a convivir con Ethel, madre de Facundo. La “familia ensamblada” tuvo sus dificultades. “Convencido de que la nena (por Rocío) necesitaba una mamá, armé otra pareja. Me equivoqué fulero, pagué con salud este error que duró diez años”, le contaría Horacio, en 1995, a La Nación. “Entre mis asignaturas pendientes figura no haber sabido redondear una buena vida afectiva. La soledad me pesa”, agregaría a corazón abierto.

Rocío, más grande, con su papá. (Instagram Rocío García Blanco).
Rocío, más grande, con su papá. (Instagram Rocío García Blanco).

Además del boxeo y el fútbol, a Horacio lo apasionaba el turf. Era, como se dice, un “burrero de ley”. No sólo apostaba en las carreras sino que también fue dueño de un caballo, Pelotari, que le dio una gran alegría en 1984, cuando ganó el Gran Premio Nacional de San Isidro.

“¡Ganó el mío, Muñoz!, ¡ganó el mío!”, se emocionó García Blanco al comentarle a José María, en los micrófonos de Rivadavia, quién se había quedado con el derby.

“Vi la carrera en el comisariato del hipódromo, un lugar reservado para dirigentes y allegados… Me senté al lado de Horacio. Y cuando Pelotari ganó, él tiró el micrófono y salió corriendo a festejar como loco… Yo me fui detrás de él”, se vuelve a emocionar Irusta. «Es que Pelotari, además, era un caballito del pueblo, no era de los grandes favoritos”.

Como si no pudiera torcer su destino, la felicidad le duró poco a García Blanco. Unos meses más tarde el caballo se quebró una pata en un entrenamiento y hubo que sacrificarlo justo cuando desde Estados Unidos había llegado una importante oferta de compra: se decía que los inversores norteamericanos estaban dispuestos a pagar 200.000 dólares.

“Era mucha suerte para un periodista, incluso para los muy buenos como Horacio”, recordó Juan de Biase, editor de Deportes de Clarín y amigo de García Blanco, que falleció en 2010.

“La muerte de Pelotari le dejó otra herida grande a Horacio”, profundiza Irusta.

-Siempre decía que su vida era “un antes y un después” de ese episodio.

-Sí. Un día me dijo: “Irusta, usted no sabe lo que es perder un caballito…”. Para Horacio, ese caballo fue uno de sus sueños, sin dudas.

A García Blanco no sólo le gustaban los deportes, también estaba muy al tanto de los eventos culturales. En sus ratos libres, además, leía (Mi lucha, de Adolf Hitler, me enseñó todo lo que no debo hacer), iba al teatro (“en mi adolescencia pasé fugazmente por el Conservatorio Nacional”) o escuchaba música: además del jazz, se desvivía por el tango, género en el que destacaba a figuras como Osvaldo Pugliese y el Polaco Goyeneche, y el flamenco.

“Esta historia la han contado periodistas de boxeo como Juan de Biase y David Sbarsky, que trabajaban para Clarín y fueron grandes compañeros de viaje de García Blanco: cada vez que llegaba a Madrid, Horacio se ponía a hablar en modo gitano y les preguntaba a los taxistas: ‘¿usted sabe dónde actúa esta noche el bailaor El Güito?’”, señala Príncipi, divertido.

A Horacio también le fascinaba cocinar pastas. “Era un hombre de buen comer. Se comía su comida y la tuya… Una vez fuimos juntos a un restaurante en la calle Maipú, frente a Radio El Mundo. Horacio, que siempre decía que se estaba cuidando, se pidió un pescado con hierbas. Y yo, un bife de chorizo. En eso, me preguntó: ‘Irusta, ¿está bueno ese bife de chorizo? ¿Sabe qué? Me tentó’. Entonces giró y gritó: ‘mozo, tráigame un bife de chorizo, por favor’”, describe Irusta.

Y agrega: “Otro clásico suyo eran los panchos que comía en un puestito que tenía ubicado en la puerta del estadio MGM de Las Vegas… Cada vez que viajábamos por una cobertura nos frenábamos allí. Y yo, por supuesto, lo acompañaba”.

En la televisión, y después de haber formado parte de programas de alto rating como Tribuna Caliente, García Blanco empezó a quedar relegado a fines de los ’90. Incluso, el canal América no lo incluyó en el equipo que cubrió el Mundial de Francia 98 (hasta ese momento, el periodista había estado en nueve Copas del Mundo, desde Chile 62).

En uno de sus editoriales, de abril del 97, la revista Mística, que acompañaba al diario Ole, planteó: “En el multimedios América, algún directivo, seguramente atontado por el sol de una lámpara, dictaminó que Horacio García Blanco (sin dudas, uno de los mejores comentaristas de fútbol y box por TV) no tenía ‘una buena imagen’ y lo bajó de la cobertura del Mundial. Si un comentarista de TV realiza el 90% de su tarea en off, ¿los televidentes no querrán que la belleza esté, antes que nada, en sus palabras?”.

Horacio empezó a sentir que ya no lo tenían en cuenta. Y eso lo deprimió. «Parece que algunos se olvidaron de mi número de teléfono». decía.

“¿Volvió al hipódromo?”, le preguntaron en otra entrevista de El Gráfico, también en el 97. “Sí, pero perdí el entusiasmo”.

-¿Qué cosas lo entusiasman?

-Poder darle un estudio a mi hija… Vivir una vejez digna… Seguir trabajando… Yo no supe ganar dinero en mi vida. No me “vendí” bien… Bueno, ya está, es así…

En octubre de 2000, cuando ya sabía que estaba obligado a un trasplante renal, le dijo a La Nación: “La vida me ha castigado con una dureza inusitada en este último tiempo. Dicen que no hay mal que dure cien años, pero yo digo que no hay cuerpo ni espíritu que lo resista”.

Su último trabajo fue en Radio Colonia, donde integraba el “equipo deportivo” junto a Julio Ricardo y Juan Carlos Morales.

“Horacio es el hombre de la tribuna volcado periodísticamente a una cabina de transmisión”, sintetizó Morales.

En Colonia, García Blanco siguió desplegando su “lirismo”, su devoción por “el fútbol bien jugado”,  y cada vez que podía se refería a las figuras que admiraba (Pelé, Diego Maradona, Ricardo Bochini) y a los equipos que más lo habían hecho vibrar (Brasil del 70, Holanda del 74 y la Selección Argentina juvenil del 79).

Hincha de Independiente, también sostenía que el mejor DT que había visto era Osvaldo Brandao, campeón con el Rojo en 1967.

Como todos, también fallaba en sus pronósticos. Unas semanas antes del Mundial de Japón-Corea 2002, le preguntaron qué opinaba de Marcelo Bielsa, el entrenador de la celeste y blanca. “No me gusta su estilo, pero se va a aburrir de ganar”, dijo.

La Selección Argentina quedó eliminada en primera ronda.

Cuando viajaba a Madrid le gustaba ir a ver flamenco. (Télam).
Cuando viajaba a Madrid le gustaba ir a ver flamenco. (Télam).

La última vez que estuvo en una cancha fue el 10 de marzo de 2002, la tarde que River le ganó 3-0 a Boca en la Bombonera, con goles de Esteban Cambiasso, Chacho Coudet y Ricardo Rojas, el de la famosa “vaselina”.

Luego concentró las pocas fuerzas que le quedaban en recuperar sus ahorros para operarse en España.

En 2002 la crisis de salud se precipitó, y al cáncer le sumó un infarto. Poco después, el Banco Privado difundió un comunicado en el que afirmó que Horacio “tenía otorgado un crédito especial para girar en descubierto”, por lo que “podía disponer libremente de los fondos, y de hecho así lo venía haciendo, para sufragar los gastos que demandaba el tratamiento de su enfermedad”.

La jueza Carrión de Lorenzo no lo aceptó y los fondos fueron bloqueados.

Con el tiempo se pudo recuperar una parte, lo mismo que ocurrió con la mayoría de las víctimas del corralito, el nombre que se le dio a la medida que aplicó el 2 de diciembre de 2001 el ministro de Economía, Domingo Cavallo, y por la que sólo se permitía extraer de los bancos 250 dólares semanales.

“En el caso de García Blanco, ya era tarde”, se enoja Irusta.

El 3 de enero de 2003, el Consejo de la Magistratura desestimó el juicio político por mal desempeño contra la jueza Carrión de Lorenzo.

“El plenario entendió que no puede imputarse a la magistrada el lamentable suceso que implica la muerte de un ser humano por falta de atención médica oportuna y la imposibilidad de disponer libremente del dinero de su propiedad”, argumentó.

“Mi papá sólo quería operarse y seguir trabajando, porque era la pasión de su vida”, agregó Rocío García Blanco, que vive en la casa que le dejó su padre en Martínez.

En su cuenta de Twitter, Rocío se presenta como «patisserie» y «cake decor» (pastelera y decoradora de tortas).

En Instagram publica fotos de su hija Cande, que terminó la secundaria el año pasado y a la que Horacio no llegó a conocer.

Además, hay imágenes del comentarista; en un estudio de televisión, entrevistando a José Pekerman…

Cada tanto, Rocío le escribe mensajes a su papá -en su cumpleaños, en el Día del periodista, en los aniversarios de su muerte- y le dice cuánto lo extraña.

“García Blanco parecía hosco pero era entrañable. Y siempre comentaba que su sueño era retirarse del periodismo e irse a vivir a Pinamar”, señala Irusta.

“¿La verdad? Yo no se lo creía. Entonces, le decía: ‘Horacio, usted es un hombre del hipódromo de San Isidro, de Palermo, de la noche porteña… Pinamar es muy linda, por supuesto, ¿pero qué va a hacer allí en invierno? Si usted es el último bohemio…’”.

-¿Y qué te respondía?

-Se reía. ​Y fiel a su estilo, en tono de reproche, quejoso, me decía: «Irusta, ¿cómo me va a decir que soy el último bohemio si ando en un BMW y vivo en Martínez?».

Era un bohemio igual.

Aunque nunca hubiera imaginado un final tan descorazonante, en la cama de un hospital y suplicando que le devolvieran lo que era suyo y podría haberle salvado la vida. 

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