La grieta se gesta (y se cierra) desde el poder

La grieta se gesta (y se cierra) desde el poder

La llamada “grieta” constituye un hecho pernicioso para cualquier sociedad, dilapida energías y atenta contra la convivencia armoniosa entre sus ciudadanos. ¿Cómo se gestan las grietas?

Las grietas se generan cuando desde el poder se pretenden cambiar las reglas que rigen la convivencia por fuera de los mecanismos convencionales establecidos para modificarlas. O cuando se ataca a diversos sectores para responsabilizarlos inmerecidamente de padecimientos colectivos (por caso, la inflación) que derivan de la propia gestión administrativa del oficialismo de turno.

El país convivió con muchas grietas, desde aquella entre unitarios y federales hasta la mas reciente entre peronistas y antiperonistas que Menem, con bastante éxito, buscó suturar.

Entre los muchos legados que nos dejará el kirchnerismo está el haber creado esta nueva grieta (y en tratar de reabrir la herida que se suponía suturada entre peronistas y anti).

La grieta se abre y se cierra desde el poder. En la esencia de la concepción de la democracia, es decir, el sistema bajo el cual el país optó por vivir cuando en 1853 promulgó la Constitución que desde entonces nos rige, está implícito que el poder no es una metralleta que permite disparar a placer contra los eventuales adversarios, sino que conlleva la moderación y el respeto para con los rivales a sabiendas de que en un futuro pueden ser éstos quienes ejerzan ese poder.

Cuando el desempeño del poder deriva en actitudes que gestan una grieta, nos esta mostrando que quienes lo están ejerciendo no tienen la intención de cederlo, que su objetivo es perpetrarse en esa posición. Atrás de toda grieta esta la intención de perpetuidad. Quien rompe ese invisible pacto de convivencia acosando a sus contrincantes y provocando esa brecha, supone que ese acoso no lo va a padecer en carne propia cometiendo la “torpeza” de someterse a las reglas de juego y entregar el poder a sus antiguos adversarios devenidos ahora en enemigos.

Esta situación se palpa con nitidez en países como Venezuela o Nicaragua. Allí, desde el poder se provocó la grieta, la oposición reaccionó y contestó, y frente a esa respuesta el poder se auto-otorgó facultades extraordinarias que le reportaron la dominación total del Estado sin la más mínima intención de soltarlo.

Por otra parte, no tiene ningún sentido que alguien desde el llano pretenda instaurar una grieta. Serían voces aisladas y sin ninguna repercusión, incomparable al megáfono que implica señalar y acusar desde el Estado, que es la voz oficial de un país.

A su vez, objetar a quienes replican los ataques oficiales por interpretar que son funcionales al sostenimiento de la grieta soslayan el carácter eminentemente defensivo y contestatario de esa réplica.

Por eso, quienes se limitan a cuestionar de manera genérica a la grieta son instrumentales al oficialismo que la promueve como mecanismo para perpetrarse en el poder. Y cerrar la grieta no pasa por una convocatoria al diálogo, alcanza con que un gobierno diga que va a acatar a la justicia y respetar la división de poderes y cesar las acusaciones injustas a los otros sectores del país. Y atenerse a esas consignas.

En la grieta no es el mismo el grado de responsabilidad de uno u otro extremo. En esa confusión radica un gran peligro para buena parte de la sociedad que no esta alertada de los riesgos que implicaría un cambio de régimen político en la Argentina. Cualquier otro régimen que no sea el republicano y la democracia desemboca en la sumisión absoluta al poder, sin margen para la disidencia.

Por eso, el mayor peligro en los tiempos actuales se manifiesta en aquellos que usando sesgadamente el eslogan de la democracia -asociada a un “pueblo” que se manifiesta en las calles- pretenden implantar un gobierno hegemónico camuflado de democrático.

Más allá de las falencias de la democracia, algunos aducen que en términos colectivos un régimen no democrático puede resultar más eficaz para enfrentar los dinámicos y cambiantes desafíos de la vida contemporánea -como aconteció en las pandemias con ciertos regímenes autoritarios de oriente-, pero eso significaría renunciar a la concepción de la civilización occidental tal como la conocemos, en la que hemos nacido y nos hemos criado.

Presupondría desconocer el respeto y la valoración del individuo como tal, como parte de un proyecto que demandó milenios en su construcción y que aun se percibe inacabado. Optar por la eficiencia colectivista a cambio de sacrificar la concepción humanista de la civilización judeo-cristiana con la cual esta parte del mundo ha hecho una contribución fundamental a la modernidad implicaría un salto al vacó, tal vez un suicidio.

Si aun en los sistemas democráticos y republicanos resulta difícil contener los atropellos del poder, imagine el lector las implicancias de someterse a un sistema donde unos pocos “iluminados” interpretan lo que está bien y lo que está mal para toda una sociedad.



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Actualidad | Diario Digital

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