«Massa, y la vulgar algarabía que exhiben los militantes del funcionario público»

"Massa, y la vulgar algarabía que exhiben los militantes del funcionario público"


Flanqueada por soberbios representantes de arquitectura italianizante y clásica, donde se alojan el Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Mancomunidad de Naciones, y la Tesorería de su Majestad, la señorial King Charles Street desemboca en una escalinata presidida por la efigie del I Barón Clive de Plassey que otea la frondosidad del parque Saint James al otro lado de Horse Guards Road.

A un lado de la escalinata se distingue una discreta y oscura mancha que invita a detener la vista. Las letras color bronce anunciando “Churchill War Rooms” y un cartel con la foto en blanco y negro del Bulldog Británico, haciendo su característico gesto de la V de la victoria, marcaban la X que estaba buscando. Unos escalones abrieron las fauces de aquel animal de hormigón y acero que cobijó el centro neurálgico del mando británico durante la II Guerra Mundial.

“Churchill War Rooms” , (Sala de guerra de Churchill) en Westminster, Londres.

Allí, bajo las calles de Londres, se revela como un laberíntico inframundo de oficinas, salas de reuniones, espartanos dormitorios, salas de comunicaciones y dependencias para el personal que recibía, procesaba y transmitía la la información secreta, para la conducción del esfuerzo bélico durante los aciagos días del Blitz.

De todos los objetos allí exhibidos, me asombró la silla de madera de Churchill por las profundas marcas que había dejado el primer ministro, con sus manos, durante las tensas reuniones allí celebradas.

Aquella tarde, ya en el hotel, los medios argentinos me regalaban una de esas noticias que dan el mismo gusto que un cálculo renal: el estrafalario e inoportuno festejo de los militantes del espacio político que lidera Sergio Massa tras su asunción como flamante ministro de Economía, en medio de uno de los peores momentos económicos y sociales de la historia del país.

La reacción del festejado interrumpiendo los cánticos, por un instante me devolvió una esperanza que inmediatamente daría por perdida al comprender que, de ningún modo, el pedido atendía a guardar las formas frente a la demasiado castigada ciudadanía; sino a evitar las posibles molestias que pudiera generar a sus socios en la coalición de gobierno.

Recordé algunos de estos cada vez más frecuentes, inapropiados y desmesurados festejos. Como el protagonizado por el ex ministro González García al recuperarse el rango de ministerio para la cartera de Salud y otros, del todo impropios, para quien se le asigna un servicio público.

Todavía empapado de II Guerra Mundial, viajé imaginariamente al tiempo en que Sir Winston Churchill fuera elegido primer ministro del Reino Unido. Mayo de 1940. Alemania se había apoderado de Noruega y Francia pendía de un hilo. Hitler lanzó su ofensiva de “blitzkrieg” en Europa occidental el mismo día en que Churchill se convirtió en primer ministro.

Alberto Fernández y el flamante ministro de Economía, Sergio Massa, en agosto de 2022.

Alberto Fernández y el flamante ministro de Economía, Sergio Massa, en agosto de 2022.

En cuestión de días, los alemanes avanzarían alrededor de las líneas francesas a través de los Países Bajos. Imaginé los sentimientos del flamante primer ministro. Sin duda habría espacio para el orgullo, pero apostaría por un abrumador sentido de la responsabilidad en primer lugar. La magnífica película “Las horas más oscuras”, protagonizada por Gary Oldman, muestra una verosímil escena del íntimo y modesto festejo familiar que habría tenido lugar tras la obtención del cargo. Nada más alejado de nuestra realidad.

Sin el menor deseo de caer en la mojigatería, es justo diferenciar la magnitud de un conflicto bélico a escala global de un desastre macroeconómico y social, los usos y costumbres de mediados del siglo XX a los actuales, y el flemático carácter británico frente al impulsivo de nuestras gentes.

Sin embargo, me sigue costando digerir la vulgar algarabía que exhibe el funcionariado público de los últimos años. Por muy argentinos y futboleros que nos autopercibamos –ya que está de moda la palabrita–, no todo ha de festejarse como si acabásemos de ganar el Mundial o si estuviésemos en un recital de los Redonditos de Ricota. Hablo de una concepción formal de la administración pública. De ser y parecer. Y de no encontrar una justificación para la fiesta.

A menos que no pretendan ocultarnos la alegría por las prebendas adquiridas y dejarnos claro que la “sangre, el esfuerzo, las lágrimas y el sudor”, a las que se refiriera Churchill ante la Cámara de los Comunes, sólo serán para los infelices ciudadanos de a pie.

Javier Calles-Hourclé / DOCTOR EN CIENCIA Y TECNOLOGÍA DE MATERIALES, UNIVERSIDAD NACIONAL DEL SUR. VALLADOLID, ESPAÑA / javieradcalles@icloud.com

EL COMENTARIO DEL EDITOR

Por César Dossi

Por los reinos de Massa, los ecos de Churchill

Con más de dos años en el mandato, en marzo y a pocas horas de conocerse la inflación de febrero -4,7%- Alberto Fernández voceaba al acordar con el FMI: “Prometo que va a empezar otra guerra, la guerra contra la inflación en Argentina. La popular explotaba en aplausos y con ese estímulo el Presidente confrontaba a una sociedad que ya no podía ni puede más: “Hay una inflación autoconstruida”.

El ministro de Economía de ese entonces, Martín Guzmán, advertía que “la guerra se manifiesta en los precios de los alimentos, y no hacer nada implica un shock profundamente regresivo. Tres meses después, Cristina pedía su cabeza.

Luego, Silvina Batakis pasó de visita por la cocina del Gobierno con pocos aderezos y varios sinsabores: apenas duró 24 días en el cargo.

Todavía no había proyectos económicos, -ni hubo- pero brotaron otras prioridades para hacer humo con la prédica de la aversión. Alberto Fernández responsabilizaba a los medios, opositores y jueces de cultivar el odio que desató el ataque contra Cristina. También vitorearon esas proclamas por los dominios que custodia la legión K, barrabravas y cofradía.

Con Sergio Massa en Economía y luego que el Indec confirmara un 7% de inflación para agosto, llegar a 2023 sin un boceto que amortigüe la suba de precios que podría llegar a 100% a fin de año, la fábrica de pobreza trabaja de sol a sol “culpa de la guerra en Ucrania”. Y, “de Macri”, claro. El economista Carlos Melconian lo ilustraba mejor ayer: “Déjense de joder”.

No hay justificación para lo festivo, como sostiene el lector Calles-Hourclé. Ni tribunero ni casero. No hay plan B ni ocultismo que trace un rumbo en esta comarca.

En esa línea se escudaba el flamante ministro de Economía cuando anunciaba sus primeras medidas: “No soy supernada, ni mago ni salvador”. Es que en el arte literario a veces las palabras juegan en contra y se deslizan triviales, pero con irrefutable franqueza.

Hoy, sin rústicos griteríos, el épico aforismo de Churchill hace eco por los reinos de Massa: “La política es casi tan excitante como la guerra y casi igual de peligrosa. En la guerra solo te pueden matar una vez, pero en política muchas veces”.

Mirá también

Mirá también



Source link

Actualidad | Diario Digital

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.