Ocurrió el infierno tan temido

Ocurrió el infierno tan temido

Imaginé a Javier Marías, en ese momento que parecía de cristal roto, cuando recibí el primer latido de lo que al final fue una noticia. Lo imaginé, digo, escribiendo un texto que incluía una ficción parecida a esta que me servían amigos suyos. Según ese relato, el mejor escritor de su generación, y no tan solo, había caído en una enfermedad que era también un sopor y que en algún momento eso que le ocurría podía agrandarse hasta ser el fin, el fin de su vida.

No me lo dijeron así, así no se dicen las cosas, pero alguno de los que me dijo que la situación era gravísima sí me avisó de circunstancias que dibujaban una situación insalvable, o que podía salvarse con altos riesgos de complicación en una vida futura. A lo largo de mi vida me he creído noticias así, por la edad de quienes estuvieran señalados por un porvenir tan difícil como si no hubiera para ellos mayor esperanza.

Pero de una persona como Javier Marías, no sólo por su edad, sino por la envergadura de lo que se esperaba de él, por la confluencia de su inteligencia y de su porvenir, pero también porque en los tiempos que mediaban entre mi última conversación, que fue para dos entrevistas telefónicas, una sobre su vida editorial y otra acerca del último libro, había pasado muy poco tiempo.

En aquella ocasión él se quejaba de las dificultades que tenía con su espalda, cada vez más dolorida, me dijo; el diagnóstico era de cuidado (es decir, de llevar cuidado), de modo que viajaría pronto, estaría seguramente en casa de Carme, su mujer, en Barcelona, con los niños de esta, en el tiempo presente, y después ya se vería.

Al contrario de lo que solía ocurrir en sus conversaciones distendidas, y acaso fue casualidad, no me habló de proyectos que tendría en mente o en posición de llevarlos a cabo, sino que es cierto que me hablaba más de la salud (es decir, de la enfermedad) que de cualquiera de las cosas que solían preocuparle.

Solían preocuparle muchas cosas.

Sus temas nacían de ese estupor cotidiano que sufría, en casa y en la calle, por el ruido y el desorden moral, por el exceso de lugares comunes de los que se servía la lengua y por tanto la conversación. Cómo el me too y otros sucedáneos han puesto la prensa y los otros medios en el camino de la ineficiencia que nace de la apuesta por la absoluta miseria argumental.

En ese tiempo, ya digo, hablaba poco de proyectos literarios, o al menos yo no le escuché nombrar ninguno. Es cierto que no solía hablar por adelantado de esos libros, pero ahora que ha ocurrido este hecho tan imperioso, tan triste, sí me llama la atención que ni siquiera sus últimos libros, una novela y la recuperación bianual de sus textos periodísticos, le merecían una especial atención.

Antes de la entrevista que le hice para el libro que me encargó Alfaguara para que él contara su relación con la editorial que yo dirigí aun en tiempos en que él empezó a publicar, le hice una para contar cómo había hecho sus artículos de la penúltima etapa en El País.

En ese tiempo Javier Marías ya había dado a la imprenta y publicado el tomo más reciente (¿Será buena persona el cocinero?), así que le pregunté por su selección de asuntos y sobre las controversias que suponían para los lectores contemporáneos.

Hablar con él era de una enorme responsabilidad pues, igual que en sus artículos o en sus novelas, Marías jamás se sintió impelido a hablar por hablar. Así que todas las entrevistas que le hice para ser publicadas, así como las conversaciones que tuvimos a solas y otras en las que acompañé, por ejemplo, a los sucesivos directores de El País a los que aconsejé que se acercaran a él, como uno de los colaboradores más importantes del diario, tuvieron siempre el aire de una enorme responsabilidad. Jamás se tomaba como algo ligero nada de lo que escuchara, y repreguntaba y decía con gran rigor las cosas que le gustaran o no del periódico que acogía sus colaboraciones.

Hubo épocas, además, en que hablamos de amigos que tuvo y ya no tenía, y de los nuevos amigos; siempre fue de una discreción enorme, pero cuando tuvo decepciones también las significó.

En la última etapa de nuestras vidas fue consciente de problemas comunes en los medios, me confío algunas experiencias y yo le comenté otras, pero esto no era solo un intercambio de hechos que fueran circunstanciales o veleidosos, pues siempre hablaba de lo que ocurría como parte de una enorme falencia de la sociedad: la seriedad que se iba perdiendo en la gestión de lo que es la espalda de los países, allí donde todo se asienta: la autocrítica, el rigor. Por ahí iban sus artículos, y así fue hasta el final.

Sus libros fueron, en ese sentido, cada vez más deudores de la situación del país como metáfora del todo que era el universo de su generación. Negra espalda del tiempo, la novela con la que se estrenó en Alfaguara, es un ejemplo de esa pasión con la que se dedicó a buscar en el pasado la raíz del presente.

A la pasión por inventar atmósferas que, aunque las había vivido, podrían servirle de metáforas que habitaban su imaginación, hasta llegar a ser novelas como Corazón tan blanco, en esa Negra espalda del tiempo quiso presentarse como el hijo que fue, suplantador, eso decía, del hermano que lo precedió, que se llamó Julián (Julianín) y que fue su antecedente, de modo que a él lo llamaron sus padres para que ese nombre anterior no se perdiera en la familia.

Escribió muchos libros, hasta dieciséis novelas, a una de ellas, Los enamoramientos, le tengo un afecto muy especial, por razones que no son sólo literarias, sino porque ese libro trepidante y extraordinario me acompañó sobre todo la noche en que iba a nacer nuestro nieto Óliver, de modo que no he cesado de sentir que aún lo leo cuando veo al niño ahora adolescente de once años.

Pero ese libro, Negra espalda del tiempo, es para mi el alimento principal de toda su literatura, de modo que cuando en otros libros mayores, como Tu rostro mañana, y en ellos encuentro referencias muy comprometidas, es decir, muy justas, de hijo herido que quiere defender al padre, también encuentro a ese Marías que decidió ser no sólo un ciudadano novelista que inventaba sino alguien que, teniendo tan cerca los afanes y los instrumentos de la ficción, no quiso nunca abandonar un testigo que marca sus libros de la madurez: el compromiso en defensa de una historia que fue silenciada y de la que su padre, Julián Marías, víctima de tanta humillación o represalia, fue el protagonista que le dio vigor a su argumento.

Todas estas cosas vinieron a mí a lo largo del tiempo, y como un conglomerado de hierro caliente habitaron conmigo desde que supe que el gran escritor estaba en peligro. Noches y noches viví con el miedo a que en medio de la duermevela o al día siguiente alguien, una emisora de radio o un periódico, dijera lo que nunca quise escuchar y que tantas veces ya, tantas veces, he escuchado tantas veces.

Hasta que este domingo 11 de septiembre, de tantas resonancias y de tantas metáforas de destrucción y de sangre y de muerte también, cuando había dejado por una vez sin fuerza el teléfono, sonó el fijo de casa y mi mujer salió al otro lado llorando.

Ocurrió el infierno tan temido, dije para mí, mientras ella lloraba al otro lado. Se murió Javier Marías. Hace muchos años, en 1964, murió Ignacio Aldecoa, que tenía 44 años entonces. Carmen Martín Gaite, de la generación que le abrió las puertas a Javier Marías (Hortelano, Benet), escribió en Ínsula un obituario que tenía este titular: Un aviso. Murió Ignacio Aldecoa.

Por entonces José Hierro publicó Requiem, un poema realista sobre un español muerto en New Jersey, que concluía así: “No he dicho a nadie que he estado a punto de llorar”. Javier Marías. Un maestro. Lloro por él, por lo que supo decir de su país, por el mundo que creó, por las vidas que nos fue enseñando.w



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Actualidad | Diario Digital

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