El conflicto en Medio Oriente puede reordenar variables económicas clave —en especial los precios del petróleo y el gas— y abrir una ventana estratégica para la bioeconomía, según señalamos en un artículo reciente.. Aunque el conflicto está aún en proceso, y sus consecuencias finales son todavía inciertas, una conclusión parecería estar clara: contar con alternativas productivas y energéticas ya no es opcional sino ineludiblemente crucial en las agendas futuras.

Pero hay otro punto menos visible y más estructural. No se trata solo de la energía, también importa lo que ocurre “aguas arriba”, en la producción agropecuaria, eje central en el aprovisionamiento de los alimentos y otros derivados. En este ámbito es crucial el papel de la biotecnología como motor de la bioeconomía.

En la Argentina y en buena parte del Mercosur, ese rol fue decisivo: la incorporación de tecnologías como las semillas genéticamente mejoradas y la siembra directa permitió expandir la producción y aumentar la eficiencia de manera sostenida. Sin ese salto tecnológico, difícilmente se hubiera dado la actual escala del agro regional. Tampoco habría sido posible sostener niveles crecientes de exportación en contextos internacionales cada vez más volátiles, sin la presencia de esta “vaca viva”.

Este punto cobra especial relevancia cuando se lo vincula con los precios de los alimentos. La crisis de 2008 mostró cómo los shocks pueden trasladarse rápidamente desde la energía hacia la comida, con consecuencias económicas y sociales profundas. En ese contexto, la mayor oferta agrícola generada por la biotecnología ayudó a moderar el impacto. Sin ese aporte, los precios internacionales habrían sido aún más altos y las tensiones sociales más intensas, especialmente en países importadores netos de alimentos. Este punto fue claramente demostrado en un estudio sobre el tema disponible).

Hoy en un escenario distinto, pero no menos desafiante, nuevamente se cruzan los shocks en energía y en alimentos. La disrupción en los mercados es incluso mayor que entonces, pero al menos por ahora, los impactos sobre los precios de los alimentos no alcanzaron niveles críticos como entonces. Hay múltiples factores en juego: desde cambios en la demanda global hasta políticas comerciales más activas. Pero uno de los más relevantes es la consolidación de la bioeconomía como estándar productivo y la biotecnología como su principal componente.

Aplicada al agro esta no solo aumenta los rendimientos, también aporta flexibilidad frente a contextos cambiantes, mejora la eficiencia en el uso de insumos y contribuye a una oferta más estable. Tiende puentes con la energía a través del desarrollo de los biocombustibles, biomateriales y algunos servicios ecosistémicos. Además aplicada a nuevas cadenas de valor vinculadas a la biomasa, empiezan a ganar escala y relevancia económica.

Por el lado energético, también comienzan a observarse un cambio en las estrategias de muchos países, a favor de reducir su dependencia energética, tanto como combustible o insumo industrial; en esa dirección comienza a consolidarse la “química verde”. Y todo ello sin resignar seguridad alimentaria. La bioeconomía aparece como un puente posible entre ambas necesidades, articulando producción, tecnología e innovación.

Por supuesto, no todo es lineal, ni está exento de tensiones. Lo ocurrido con los precios de los fertilizantes alecciona sobre múltiples aspectos y obliga a mirar el sistema en su conjunto. Y reafirma que sin la bioeconomía, las opciones serían más limitadas y el impacto de las crisis globales, mucho más severo. Intuitivamente: el avance de la bioeconomía sobre una variada gama de actividades agropecuarias e industriales opera a modo de reaseguros -en las crisis- y de inductor de crecimiento y sostenibilidad de largo alcance -en las bonanzas-.

De allí surge eventuales aprendizajes para la Argentina. Queda claro de que no se trata de “Vaca Viva” o “Vaca Muerta”. No se trata de elegir, sino de complementar adecuadamente ambos “corrales”, a sabiendas que cada una de ellas puede aportar positivamente a distintos aspectos (divisas, recaudación, anclaje local, ocupación). El desafío es integrar ambas estrategias. En este sentido, parece delinearse un sendero estratégico, donde por un lado, se consolida al país como proveedor confiable de energía fósil en un contexto internacional previsiblemente demandante. Y por otro, se potencia a la bioeconomía, atrayendo inversiones (en alimentos, bioenergías y sus derivados), agregando valor a los commodities exportables, ampliando la densidad de la matriz productiva y generando empleo en todo el territorio. La experiencia global indica que los procesos exitosos parten de hacer un mejor aprovechamiento de los sectores competitivos, y este sería el caso aquí.

Los sectores involucrados tienen fuertes bases de competitividad, pero no se trata solo de aprovecharlas, sino de ir mas allá, a través de construir reglas de juego estables, incentivar la inversión y fortalecer los sistemas de innovación. La oportunidad existe, pero no es automática, para que sea efectiva los planteos deben reconocer las características implícitas de cada sector. En la “vaca muerta” – donde, quizás también, deberíamos incluir a la minería – en los últimos tiempos, se ha avanzado de manera significativa, lo que ya se está reflejando en ingentes volúmenes de promesas de inversiones; en la “vaca viva” el tema es todavía una agenda pendiente, y no pasamos de celebrar volúmenes récord de producción de comodities para la exportación. Sin duda, una agenda pendiente de urgente atención.

En un mundo más inestable, esa combinación puede ser una de las principales fortalezas del país. Y, bien gestionada, una base sólida para un desarrollo más equilibrado y sostenido en el tiempo.



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