Para ingresar al enorme predio donde se realizó el multitudinario encuentro anual de la comunidad islámica Ahmadía, en la localidad de Hampshire, a cien km de Londres, había que someterse a una serie de medidas de seguridad: desde la autorización del personal de vigilancia para avanzar con el vehículo, pasando por el otorgamiento de una acreditación con la correspondiente foto del rostro, que debía llevarse expuesta todo el tiempo, hasta atravesar un scanner sin elementos metálicos, como en los aeropuertos.
La convocatoria musulmana más importante del Reino Unido -que este año congregó a alrededor de 50 mil fieles de más de cien países -además de personalidades de otras religiones, incluidas autoridades del Vaticano, especialmente invitadas- parecía requerir. Es que los delitos por odio anti musulmán en Inglaterra y Gales están en franco aumento: en los 12 meses previos a marzo de 2025 aumentaron un 19 %, según los últimos datos. Por caso, una mezquita es atacada cada cinco días.
Semanas atrás, otra gran concentración islámica concluyó abruptamente luego de la detención de 12 personas, tres de ellas sospechosas de querer cometer asesinatos, en medio de una presunta amenaza de sectores de extrema derecha. Pero también los ahmadies sufren la agresión de musulmanes radicalizados. En 2016, uno de sus feligreses, Asad Shah, fue asesinado frente a su tienda en Glasgow, Escocia, por un musulmán fanático, en un crimen con motivaciones religiosas.
Fundada en 1889 en la India por Mirza Ghulam Ahmad -al que sus fieles consideran el mesías prometido-, AAhmadía promueve la paz, el rechazo a una concepción violenta de la yihad -la lucha interior por vivir conforme a los postulados religiosos-, la separación entre religión y Estado, y el diálogo interreligioso. Su lema principal es “Amor para todos, odio para nadie”. Cuenta con unos 15 millones de miembros, principalmente en India, Pakistán, Indonesia y África.
Cuando se produjo la partición del Imperio Británico, en 1947, la sede de la comunidad y muchos de sus fieles se trasladaron a la recientemente creada Pakistán. Pero diferencias teológicas -considerar a su fundador el mesías prometido constituye para la mayoría de los islámicos una herejía- e intereses políticos de las autoridades gubernamentales, que usaron la religión para consolidar su poder, dieron paso a una sangrienta persecución de sus miembros.
En 1974, el primero ministro Zulfikar Ali Bhutto aprobó una enmienda constitucional que los excluyó oficialmente del islam. Y en 1984, el dictador militar Zia-ul-Haq promulgó una ley que criminaliza cualquier expresión o rito religioso que presentara a los ahmadíes por musulmanes. La sede de la comunidad se instaló entonces en Inglaterra, tras la huída secreta para no ser arrestado de su cuarto califa, Hazrat Mirza Masroor Ahmad.
Desde sus inicios realizan su convención anual (Jalsa Salana), una especie de gran retiro espiritual de tres días, guiado por el califa. E invitan a personalidades de otras religiones y, en general, de la sociedad civil de diversos países para mostrar que “el islam rectamente vivido es una religión de paz y diálogo”, dice el imán Marwan Gill, su delegado en Argentina, si bien lamenta la existencia de musulmanes que abrazan la violencia.
Pese a la buena integración en el Reino Unido -tras un proceso de diálogo y difusión de su accionar-, la comunidad no está libre de manifestaciones de islamofobia. Pero, más allá de las medidas de seguridad en sus eventos, sigue adelante. “Ni una sola vez, ni por un segundo”, afirmó Rafiq Hayat, director de la sección británica de la Comunidad Musulmana Ahmadiyya, al ser consultado si se pensó en suspender la convención.
“Una de las cosas que la comunidad ha estado haciendo en las últimas décadas es unir a personas de todas las religiones, orígenes y etnias, a todos”, declaró Hayat. E incluso señaló que lograron sumar en sus conferencias a musulmanes que no integran la comunidad. “Cuando celebrábamos el gran iftar (ruptura del ayuno del Mes de Ramadán), alrededor del 60% eran jóvenes musulmanes no ahmadíes”, indicó.
A la vez que destacó la integración de los fieles con el país de residencia: “los verdaderos musulmanes deben encarnar la enseñanza del santo profeta Mahoma: que la lealtad al país en el que se vive es parte integral de la fe”. La convención comenzó con el izado de la bandera del Reino Unido y en un sector del predio ondeaban las de los numerosos países de los que provenían sus miembros.
No obstante, admitió que deben luchar contra los prejuicios hacia los islámicos. “Les decimos a nuestros hijos que no deben avergonzarse de ser musulmanes en este país y en ninguno”, afirmó. “Hay que abordar las ideas erróneas sobre el islam y para eso les digo a todos los musulmanes: por favor, interactúen con la gente”, concluyó.
