El 11 de setiembre de 2001, un cuarto de siglo atrás, por primera vez en la historia el territorio continental de EE.UU. fue atacado por fuerzas terroristas extranjeras. Las Torres Gemelas, en Nueva York, templos del capitalismo moderno, recibieron el impacto de dos aviones 747 cargados de pasajeros. El fuego las consumió y en horas se desplomaron creando una escena mundial estremecedora. “En unos pocos segundos perdimos el equilibrio”, escribió Jean Daniel, el director de Le Nouvel Observateur, al sintetizar ese instante y las fuerzas que acabaría liberando.
Los atentados dejaron unas 3.000 víctimas fatales. Hubo réplicas en Washington donde otro avión o un misil, debido a lo estrecho del sitio del impacto, golpeó el Pentágono y un tercero, que fue derribado posiblemente por la Fuerza Aérea, que habría tenido destino en la Casa Blanca. Un total de 19 terroristas suicidas, mayoritariamente sauditas, participaron en la operación.
El mundo tomó conocimiento completo, a partir de ese brutal momento, de la existencia de una potente red terrorista denominada Al Qaeda, integrada por militantes ultraislámicos del rito sunnita wahabita que comandaba un saudita, de larga barba, mirada torva, armado siempre de una kalashnikov e integrante de una familia de superpotentados árabes, Osama Bin Laden.
El presidente republicano George W. Bush, que acababa de iniciar un deslucido primer mandato, se encontró aquel día frente a un acontecimiento único que lo colocó en el centro de la historia. El mandatario se fortaleció, y frente a tan imprevisible amenaza, el líder terrorista fue convertido en la esencia del mal a ser perseguido en su guarida de Afganistán donde vivía al amparo de la secta de los talibán. Lo que había ocurrido era un suceso extraordinario por sus efectos. El país de pronto se torno vulnerable así como el resto del planeta. Pero la crisis alimentó también oportunidades.
Bush no era especialmente informado. Prefería el beisbol a la política. Cuando en plena campaña lo consultaron sobre los talibán, respondió confundido: “No escucho ese tipo de música”. Estaba, sin embargo, rodeado de halcones neoconservadores de alto nivel intelectual y astucia política, entre ellos Karl Rove, Paul Wolfowitz y Richard Perle. Este último lideró el llamado Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, que aspiraba a modelar el mundo en la visión y el sistema de EE.UU. El ataque y la ofensiva antiterrorista brindaron el escenario ideal para impulsar esa iniciativa que era más que una bandera simbólica.
La guerra arrancó en diciembre de 2001 en Afganistán, la guarida de Bin Laden y de su principal cómplice, el jefe de los taliban, el Mullah Omar, uno de los guerreros junto al jefe de Al Qaeda que expulsaron a los soviéticos de ese martirizado país del Asia Central, una gesta y sus protagonistas elogiada por Ronald Reagan, que les brindò amplio respaldo.
La invasión fue sencilla. Las tropas entraron sin resistencia. El país era un descontrol y ambos personajes desaparecieron de la escena, Omar a bordo de una motoneta en raudo cruce hacia el vecino Pakistán, según reveló la CIA. Sobre Osama no hubo novedades. Se supuso que había muerto en el ataque hasta que años después fue hallado en una muy visible y enorme residencia amurallada, a un paso de la principal academia militar paquistaní en la ciudad de Abbottabad. Fue ejecutado por los marines norteamericanos que arrojaron su cuerpo al mar. La Casa Blanca confirmó oficialmente que el terrorista estaba desarmado en el momento de ser abatido por el Comando SEAL. Era mayo de 2011, gobernaba Barack Obama y aún quedan incógnitas sobre esa operación y su desenlace.
Después de Afganistán, la guerra antiterrorista siguió en 2003 en Irak, una dictadura tutelada por EE.UU. y que no tenía relación con los atentados del 11-S. Pero estaba en el blanco de Perle desde las épocas del gobierno de Bill Clinton. Fueron notables los esfuerzos de Bush para convencer sobre un arsenal de armas de destrucción masiva en manos del tirano Saddam Hussein para justificar la operación, a lo que sumó una falsa información propalada por el propio presidente sobre que el régimen se estaba proveyendo de uranio enriquecido en Niger. Mentiras ambas, pero era la estrategia para sostener una arquitectura que iba más allá del argumento terrorista.
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atentado torres gemelas movil
El general Wesley Clark, ex comandante supremo de la OTAN durante el gobierno de Clinton, relató que, en una visita al Pentágono luego de los atentados del 11-S, uno de sus antiguos oficiales le entregó un documento confidencial. “Este es un memo que describe cómo tomaremos siete países en cinco años, comenzando con Irak, luego Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán y finalmente, Irán”, le comentó alarmado. Clark publicó esa información. La intención era convertir a EE.UU. en un portaaviones de tierra, con dominio en una zona estratégica, como admitió Perle, de enorme interés petrolero y gasífera con lo que explicó abiertamente las razones de la ofensiva.
Las consecuencias
La aventura fue cancelada luego por la presión de Henry Kissinger y del padre de Bush, George H.W, que consideraron que despertaría conflictos que escaparían del control. Las guerras de Afganistán e Irak, las más extensas de la historia norteamericana, acabarían confirmando ese pronóstico. Comenzaba a zozobrar la noción de la centuria americana que retomó luego parcialmente Donald Trump en sus dos gobiernos.
El 11 de septiembre de 2001, personas cubiertas de polvo de los edificios del World Trade Center derrumbados caminan por la zona en Nueva York. Foto APHubo otras grandes dimensiones a observar en esa fragua. Con la amenaza persistente de un enemigo inasible, la Casa Blanca fundó apenas después de 11-S el U.S. Department of Homeland Security, el ministerio de seguridad nacional, con atribuciones extraordinarias de espionaje interno y control. A tono, uno de los principales funcionarios de aquel gobierno, el ministro de Justicia, Alberto González, el hispano que más alto llegó en las jerarquías políticas de EE.UU., convirtió en papel mojado la Convención de Ginebra y dio amparo a la tortura que se aplicaba en Guantánamo, o en las cárceles clandestinas que EE.UU. y Gran Bretaña mantenían en Libia bajo el amparo del dictador Muammar Khadafi, como pudo comprobar este cronista en Tripoli.
Osama bin Laden, a la derecha, escucha a su lugarteniente Ayman al-Zawahri hablar en un lugar no revelado. Foto AFPNo son aceptables, pero pueden entenderse esos excesos por la circunstancia. Sin embargo hay señales de intereses y propósitos diversos detrás de ese recorte de las libertades individuales. El ex asesor de Seguridad Nacional de James Carter, Zbigniew Brzezinski, en un artículo en abril de 2007 alertaba que “la referencia constante a la guerra contra el terror conseguía un objetivo superior: estimulaba la aparición de una cultura de miedo. El miedo nubla la razón, intensifica las emociones y facilita a los políticos demagogos la movilización en apoyo de las políticas que quieren poner en marcha”.
El uso de ese miedo sirvió también para pavimentar y proteger una “creatividad” financiera que estimulaba el opaco titular de la Comisión de Valores designado por Bush, el abogado Harvey Pitt. Ese concepto estuvo detrás de las dos mayores quiebras fraudulentas de la historia del capitalismo en EE.UU., en el primer gobierno bushista. La energética Enron, en diciembre de 2001, y WorldCom, el gigante de las telecomunicaciones, en julio de 2002.
Una persona cae de la torre norte del World Trade Center de Nueva York el martes 11 de septiembre de 2001, después de que terroristas estrellaran dos aviones secuestrados contra el World Trade Center. Foto APEstas empresas informaban a la Bolsa las pérdidas como ganancias. Los balances los falsificaba la auditora internacional, Arthur Andersen, y motivaban a sus empleados a colocar sus sueldos en las acciones empresarias. El colapso arrasó con esas inversiones. Estos sucesos fueron el umbral del desastre financiero de tamaño oceánico que acompañó la salida del poder de Bush al término de su segundo mandato con el derrumbe bancario de setiembre de 2008 por la transacción masiva de hipotecas basura que dejó una enorme ola de pobreza en EE.UU. repudio social y, no tan oculta, una amplia lonja de nuevos y antiguos multimillonarios.
El 11-S fue uno de los peores crímenes terroristas de la historia y es vasto lo que resta averiguar sobre ese hecho. Pero también la historia deberá poner en blanco sobre negro el oportunismo que se aprovechó de esa tragedia y las razones reales de las guerras que disparó.
