La FIFA dio un golpe de timón inesperado. Luego de 60 años de relación decidió romper con la italiana Panini, la empresa que tiene desde 1970 los derechos exclusivos para fabricar y el álbum y las figuritas mundialistas, un negocio que ahora quedará en manos del gigante estadounidense Fanatics, dedicada al mundo del coleccionismo. La empresa hoy domina el comercio electrónico deportivo a nivel global, gestionando las tiendas oficiales de las ligas más importantes del mundo.

El ascenso de la compañía se basó en un modelo de integración vertical denominado “v-commerce”, que permite diseñar, fabricar y distribuir productos en tiempos récord ante eventos deportivos específicos. En la última década, Fanatics dejó de ser un simple vendedor de camisetas para transformarse en un conglomerado que abarca desde las apuestas deportivas hasta el coleccionismo de alta gama.

Hoy Fanatics es considerada una de las plataformas tecnológicas más valiosas del deporte, con una valoración que supera los US$ 30.000 millones. Su influencia se extiende por los derechos exclusivos de la NBA, NFL, MLB y la Fórmula 1, consolidando un ecosistema donde el aficionado puede comprar indumentaria y coleccionar activos digitales en un solo lugar. Este historial de disrupción fue el factor determinante para que la FIFA decidiera confiarles su propiedad intelectual más preciada.

El Mundial 2026 será el anteúltimo de Panini, que pondrá fin a su historia como proveedor oficial de este producto nada menos que en el Mundial de 2030, cuando se festejará el centenario de esta competencia, y que podría tener al menos un partido en la Argentina.

Más allá de los movimientos a gran escala que se dan a nivel mundial, lo cierto es que en la Argentina el negocio tiene tintes muy particulares. Si la salida de la colección de cada Mundial es relevante en buena parte del mundo, a nivel local ese fenómeno se multiplica y crece todos los años.

Alrededor de la aparición de este producto se arma una suerte de misterio que funciona a la perfección como estrategia de márketing. La fecha de salida, la cantidad de figuritas que habrá que sumar para completar el álbum e incluso cuál será “la difícil”, son estrategias que funcionan a la perfección a la hora de motorizar las ventas. Sumado a la propia fiebre que se genera entre los fanáticos locales, el “combo vendedor” es inmejorable.

Y en medio de todo esto, aparecieron viejos problemas. Los kiosqueros se quejan de que la provisión de figuritas no llega a muchos puntos de venta, y esto tiene que ver con que el mercado se desreguló por completo, algo que se podría transformar en orgullo de la gestión libertaria.

Esto se observa en dos aspectos. Por un lado, en la diversificación cada vez más grande que se da en la venta. Muchos distribuidores, por ejemplo, decidieron pasar por encima a los kiosqueros y vender de forma directa. En lugar de ofrecerles por $ 1.600 cada paquete a los kiosqueros –que deberían luego venderlo a $ 2.000, aunque dependiendo del faltante de cada zona puede crecer-, los comercializan ellos mismos a través de plataformas o incluso redes sociales, con lo que se quedan con el margen de los kiosqueros. Es decir, sacan del mercado a un eslabón de la cadena, uno de los sueños del ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger.

Además, aparecieron bocas de expendio que van desde los supermercados o las aplicaciones de delivery, además de las ventas de particulares en parques o de forma online.

La otra situación que se presenta es la de los precios y aquí rige el libre mercado, otro eje del discurso del gobierno de Javier Milei. Hoy, el precio sugerido de cada paquete es de $ 2.000, aunque todo dependerá del faltante que haya y el margen de ganancia que pretenda obtener cada vendedor. Incluso, algunos comercializan las figuritas por separado, y los precios pueden ir de los $ 6.000 a los $ 120.000.



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