Lima. Enviado especial. El muy respetado Latinobarómetro, que elabora la socióloga chilena Marta Lagos, hace años que detecta una crisis en el apoyo a la democracia en la región. No implica un respaldo a modelos autoritarios. Lo que se reprocha a niveles altísimos, de hasta 65 por ciento, es el funcionamiento de los gobiernos. Es decir, lo que resulta de la democracia y los liderazgos. El trasfondo de ese defecto también lleva años. Durante el boom de las materias primas, en parte de la primera década del siglo, millones de latinoamericanos salieron de la pobreza y pasaron a engrosar las filas de una nueva clase media. Hubo un aumento real del ingreso disponible. Brasil fue un ejemplo neto, con un crecimiento de ese espacio por encima del 50% de la población. Pero desde la mitad de la década pasada y hasta ahora, la región encadenó más de 10 años de crecimiento casi nulo (un promedio inferior al 1% anual), agravado por la pandemia y su consecuente inflación global. Los ingresos reales se estancaron o cayeron, mientras que el costo de la vida (alimentos, energía, vivienda) se disparó. La gente vota con esa decepción de un lado al otro del péndulo político, y con un comportamiento extendido de voto cruzado. No importa a quién se elige, cualquiera sea, sino impedir al hacerlo que llegue aquel que no se quiere. La noción de que atravesamos un duelo entre izquierdas y derechas es, por lo menos, exigua. La región hasta el río Bravo es casi totalmente promercado. La discusión real se vincula con el destino de la renta: si se la concentra o se la distribuye para preservar el desarrollo social e individual. La tendencia que estamos notando de un voto hacia propuestas conservadoras más duras, es equivalente al ciclo previo hacia modelos socialdemócratas. Como estos, en general, fracasaron en el propósito de equilibrar la renta, se busca el milagro del otro lado, además de que el escenario de declive genera deformaciones graves como una violencia creciente. De modo que la legión se ha ensanchado ya con Chile, Paraguay, parcialmente Bolivia, El Salvador, Honduras y Costa Rica, entre otros. Colombia acaba de sumarse con la victoria preliminar en primera vuelta de un empresario millonario y sin experiencia política, Abelardo de la Espriella, que superó por poco menos de tres puntos al oficialista Iván Cepeda. En la trastienda de ese dato sorprendente (este dirigente era desconocido hasta hace muy poco) late la frustración con el gobierno de Gustavo Petro, quien llegó con una promesa de profunda transformación social, pero la realidad económica no constata esas mejoras. La candidata a la Presidencia de Perú por el partido Fuerza Popular, Keiko Fujimori. Foto EFE Un crecimiento económico lento, sumado a la incertidumbre fiscal y la persistente informalidad laboral, ha impedido que las clases medias y los sectores vulnerables perciban mejoras reales en su bolsillo. Al mismo tiempo, la inflación acumulada en productos básicos ha erosionado el poder adquisitivo, generando la frustración de expectativas que detecta el Latinobarómetro. En la otra esfera, fracasó también el plan de pacificación. Sobre ese escenario, Cepeda también sufró el costo de los mensajes excéntricos de Petro, defendiendo al boliviano Evo Morales en su ofensiva golpista contra el presidente Rodrigo Paz y planteando un supuesto fraude electoral sin evidencias en beneficio de De la Espriella, denuncia de la cual se alejó rápidamente el postulante oficialista. Democracia y crecimiento En ese escenario se inscribe la elección definitiva en Perú del próximo domingo. Aquí la economía muestra un crecimiento aceptable de casi 3%, según datos de la OCDE, pero insuficiente para reducir la pobreza o generar empleo de calidad al ritmo que el país necesita. Economistas influyentes como Waldo Mendoza afirman que “el principal problema de la economía peruana es la parálisis de la inversión privada, que no se debe a factores internacionales, sino a la altísima incertidumbre política interna que hemos autogenerado”. Su colega Carlos Oliva denuncia que “el 75% de nuestra fuerza laboral opera en la informalidad. La informalidad no es una válvula de escape eterna; es un techo de cemento para la productividad y la recaudación fiscal del país”. El presidente del Banco Central, Julio Velarde, lo pone en términos más llanos: “La resiliencia de la economía peruana tiene límites. No se puede silbar y comer caña al mismo tiempo: no podemos pretender atraer inversiones y generar empleo formal si desde el lado político se deterioran constantemente las reglas de juego y la seguridad jurídica”. Un país polarizado y frustrado espera a quien gane este domingo: el desafío doble de estabilizar la gobernabilidad, con un Congreso en manos de una mayoría manipuladora y oportunista, y resolver el destino de la renta que ha dejado en la banquina del reparto a gran parte del país. Aunque los postulantes están empatados y, por lo tanto, corriendo al centro en los últimos minutos, la populista de derecha Keiko Fujimori, hija del dictador Alberto Fujimori, confía en que su cuarto intento la deposite en la Casa de Pizarro, como parte de aquella tendencia que muestra la región. Este balotaje repite en lo formal la historia de su anterior chance contra el expresidente Pedro Castillo, un maestro rural amparado por una supuesta tendencia de izquierda furiosamente homofóbica, antiabortista y de rechazo a la ideología de género. En las urnas de 2021, los electores le dieron una leve diferencia sin detenerse en aquel barullo ideológico, solo para evitar que ganara Keiko. Ahora es Roberto Sánchez quien la desafía, un aliado de Castillo a quien admira y defiende pese al autogolpe fallido que encabezó y que le costó su derrocamiento. Esa relación le agrega curiosidades a la peripecia peruana. No deja de ser llamativo que la líder derechista sea hija de un expresidente golpista a quien celebra, y que su rival se abrace con otro expresidente golpista. Esa coincidencia resume mejor que cualquier análisis la realidad del presente peruano. El candidato Roberto Sánchez. Foto Reuters Si bien los analistas señalan que la candidata se siente obligada a defender a su padre e incluso su autoritarismo, al hacerlo con tal apasionamiento deja abiertas algunas dudas complicadas. Un diplomático sudamericano le señala a este enviado en Lima que ese comportamiento indicaría que es posible, y hasta correcto, romper las reglas si el caso lo justifica; por ejemplo, si se produce una reacción popular si no se alivia la presión de la renta, como ha sucedido unos pocos años atrás y por motivos similares. Esa ruptura o desdén sobre las normas, es una característica de las nuevas derechas i-liberales, como se las define en el norte mundial, que tienden a limitar el valor de las cuestiones institucionales y buscan —y en algunos casos logran— dominar el Parlamento, el Poder Judicial y silenciar la prensa. El presidente de EE.UU., Donald Trump, es un ejemplo significativo de esas tendencias. También aliados en la región, como el salvadoreño Nayib Bukele o el exmadatario brasileño Jair Bolsonaro y, más allá, el expremier húngaro Viktor Orbán, entre muchos otros, que han hecho un rito de estas deformaciones. Dato aparte, una grey que puede quedar huérfana si el líder republicano sufre un traspié en las elecciones de medio término de noviembre. Se verá. Keiko Fujimori es una dirigente con larga experiencia política y legislativa. No es una outsider, pero ha formado parte de un status quo muy polémico que no es claro si está en su diseño transformarlo. Le debe mucho a este Congreso que le facilitó el camino de campaña. Sánchez también está curtido con cinco años en el Parlamento. Pero la diferencia técnica más significativa entre ambos, aparte de las oceánicas visiones ideológicas que los separan, es que el aliado de Castillo carece de una sólida estructura partidaria. Como tampoco la tuvo aquel errático presidente. En ese punto, Keiko está mucho más armada, aunque se sabe que ha reprochado por lo que considera un abandono de sus aliados de las tinieblas parlamentarias a quienes achaca el escaso voto que obtuvo en la primera vuelta: 17,1%, apenas por encima del 16,6% de su rival. Dato de la ausencia, quizá inquietante, de aquellos socios de aventuras. Por el momento nadie sabe con seguridad qué sucederá este domingo. Source link Navegación de entradas Un problema kafkiano para los viajeros a Gran Bretaña: una interrupción del sistema les impide abordar Vacían la temida cárcel El Helicoide en Caracas y trasladan a los presos: ahora nadie sabe dónde están