El izquierdista Roberto Sánchez busca llegar al poder en Perú bajo el sombrero del encarcelado ex presidente Pedro Castillo (2021-2022), convertido en símbolo de reivindicación por quienes consideran que el exmandatario fue derrocado por las élites políticas y económicas, tras ganar las elecciones de 2021 a la misma Keiko Fujimori. Sánchez fue el elegido por Castillo para competir en su nombre en estas elecciones tras haber sido el único ministro que se mantuvo de principio a fin en su Gobierno, hasta que el entonces mandatario fue destituido y capturado tras intentar sin éxito un golpe de Estado contra el Congreso que dominaba el fuijmorismo y sus aliados. A diferencia de Castillo, un maestro rural y líder sindical que por primera vez incursionaba en la política cuando ganó las elecciones, Sánchez, de 57 años, es un psicólogo con una larga trayectoria política donde ha trabajado desde el ámbito local hasta llegar a ser ministro. Hijo de migrantes de la sierra andina, casado y padre de dos hijas, Sánchez nació y creció en la provincia agrícola de Huaral, a unos 75 kilómetros al norte de la capital Lima, estudió psicología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y antes de dar el salto a la política apuntaba a ser sacerdote, al haber señalado que pasó por el seminario. Acusado de “traidor” En la política comenzó en el Partido Humanista, del ex ministro Yehude Simón, quien lo ha acusado de “traidor” al haberle arrebatado el partido desde 2017 tras las imputaciones que tuvo por presunta corrupción en el caso Odebrecht y haberlo rebautizado como Juntos por el Perú (JP). El candidato presidencial Roberto Sánchez, del partido Juntos por el Perú, mira a su esposa Claudia Pinazzo antes de votar durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Lima, Perú. Foto AP En el sector público trabajó como gerente en las municipalidades de Huaura, Huaral y San Borja, mientras que en 2021 fue elegido congresista. Pese a ser de un partido distinto a Castillo, supo ganarse la confianza del recién elegido presidente, quien lo nombró como ministro de Comercio Exterior y Turismo, cargo que desempeñó durante todo el mandato del exgobernante como uno de sus hombres fuertes. Siendo congresista, Sánchez mostró su apoyo a la entonces candidatura del expresidente Evo Morales en Bolivia y viajó a ese país en 2025 para participar en las movilizaciones de apoyo al líder populista de izquierda. Tras el fallido golpe de Estado de Castillo, Sánchez dimitió y después se abstuvo de votar la moción para destituirlo, lo que no ha sido impedimento para que ahora sea su mayor defensor, quien ha integrado en las filas de su partido a familiares directos del expresidente, como su hermano José Mercedes e Irma Castillo y su cuñada Yenifer Paredes. Antauro, el incómodo aliado Sánchez también incorporó en sus listas electorales a los etnocaceristas, la corriente política de supremacía de la raza andina que lidera el ultranacionalista militar en retiro Antauro Humala, hermano del expresidente Ollanta Humala (2011-2016), quien en 2022 salió de la cárcel tras 17 años preso por el Andahuaylazo, una sublevación militar en 2005 donde murieron cinco policías. Antauro se ha vuelto el aliado más incómodo de Sánchez, una figura que causa alarma a gran parte de la población por sus posturas radicales como fusilar a los expresidentes condenados por corrupción, incluido su propio hermano, e ir a la guerra con Chile para recuperar las regiones perdidas en la Guerra del Pacífico. Roberto Sánchez, deposita su voto este domingo, durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en Lima (Perú). Foto EFE Sánchez ha dicho que no comparte esas ideas, pero sí la libertad de Castillo y una nueva Constitución, con incidencia en la protección de los recursos naturales y la gestión estatal de ellos, además de la renegociación de los acuerdos comerciales y de los beneficios a empresas extranjeras. “Yo vengo de abajo”, dijo el pasado domingo en un debate presidencial. “No le voy a fallar a nuestro pueblo, sobre todo a los más pobres”, prometió. Lo primero que hará si gana la presidencia, prometió Sánchez, será indultar a su mentor, un maestro rural sindicalista que le entregó su sombrero campesino de paja de palma, ala ancha y copa alta, de la norteña región andina de Cajamarca. Lo visita a menudo en la cárcel y lo emuló al llegar montado a caballo al cierre de campaña de la primera ronda presidencial de abril, en la que sorpresivamente logró colarse desde el quinto lugar en los sondeos, entre 35 candidatos. Tras pasar a la segunda vuelta presidencial, la fiscalía reactivó un acusación supuestamente por dar información falsa sobre aportes a su campaña parlamentaria entre 2018 y 2020. El caso está pendiente. En un país con profundas divisiones sociales y territoriales, Sánchez encarna un voto “orientado a la protesta” y “enfocado en las demandas de inclusión“, según el politólogo Jorge Aragón. El izquierdista abogó por romper con el modelo económico liberal establecido por la Constitución de 1993 bajo el mandato de Fujimori. Promete convocar una Asamblea Constituyente y establecer un Estado plurinacional para gobernar con los pueblos indígenas, similar al modelo de Evo Morales en Bolivia. “Existe un inmenso deseo de cambio” entre las poblaciones marginadas, dijo Sánchez la AFP. También propone una reforma judicial en la que los jueces y fiscales sean elegidos por voto popular, siguiendo el ejemplo de la izquierda mexicana. Se casó a los 44 años. Pese a la intensa campaña, reservado con su vida privada, ha logrado mantener lejos de los reflectores a su esposa y a su dos hijas, de nueve y tres años. De adolescente quiso ser sacerdote y estuvo dos años en un seminario católico en Lima, una etapa clave de su formación política donde descubrió que lo suyo “era lo social”. Dice venir del socialcristianismo, ser un “hombre de fe”, “provida” y “profamilia”. Hace poco dijo en declaraciones a periodistas: “Respeto a los comunistas, pero no soy comunista”. Source link Navegación de entradas Elecciones en Perú: un boca de urna da ganador a Keiko Fujimori sobre Roberto Sánchez por 50,7% a 49,3% Balotaje en Perú: la dos caras de un país partido en dos y sin reconciliación