Las señales que emiten en turbia catarata los gurúes traen nubarrones al turno preelectoral 2027. El país está a un año del debate interno de los partidos para resolver candidaturas, haya o no haya PASO.

Esta pirotecnia genera desconcierto y alimenta la incertidumbre que impulsa, a su vez, indicadores irremediables para este gobierno, como el riesgo país y su capacidad de enfrentar la agenda de pagos. Es oportuno detenerse en las falacias que cimentan el error en política: A saber:

  • Falacia 1: Que la economía arrastra votos a favor y en contra. Si esto fuera cierto, el peronismo no hubiera sacado en las elecciones de 2023 entre 37% y 44% de los votos. Equivale a la mitad del electorado de la Argentina y el público que vota peronismo no se amedrentó por la calamitosa economía del ciclo de los Fernández y los indicadores de Sergio Massa.
  • Falacia 2: Que las denuncias de corrupción hacen perder elecciones. Si fuera cierto, Cristina de Kirchner no hubiera sacado en 2011 el 54% de los votos para reelegirse, cuando en mayo de aquel año le había estallado el caso Schoklender, una denuncia de presunta corrupción que comprometía todos los estamentos del oficialismo: Nación, provincias y municipios, y a emblemas intocables como las Madres de Plaza de Mayo. Tampoco la alianza de La Libertad Avanza hubiera ganado el año pasado, cuando ya estaban desatadas las denuncias por los fondos de la Agencia de Discapacidad o el caso Libra.
  • Falacia 3: Que si amaño el sistema electoral puedo ganar las elecciones. El peronismo adelantó las elecciones de 2009 y avaló las candidaturas testimoniales. Perdió como en la guerra. En Buenos Aires el dream team de Kirchner, Scioli, Massa y Nacha Guevara fue derrotado por Francisco de Narváez que, así como llegó, siguió de largo.

Picaresca legislativa

La física política se mueve por otras variables, misteriosas y solo al alcance de mentes especiales que puedan aprovecharlas en su favor y emplearlas contra sus adversarios. El voto responde a la identificación entre los votantes y los dirigentes que se anotan para representarlos. Esa relación no suele mudar con las campañas ni con los debates de superficie, como los que distrajeron al gobierno y a un sector de la oposición en los últimos meses, como el caso Adorni.

De la sesión de control del miércoles no ha quedado mucho. Salvo la picaresca del presidente del cuerpo reclamándole al diputado radical Pablo Juliano que tratase de Ud. a Adorni, pero avalando con sonrisas que Javier Milei tratase de asesino a un diputado. Se escuchó por la señal oficial con claridad. Los micrófonos del recinto los maneja Menem (Martín), que habilita o no el sonido ambiente.

Milei se expuso en ese momento para que Menem (Martín) le aplicase un 220. Es el artículo del reglamento que lo faculta para desalojar a las barras “por todos los medios que considere necesarios, hasta el de la fuerza pública”. Pretendían acaso que una manifestación de debilidad se viera como una prueba de poder.

Deberían traducirle al presidente la masterclass que fue el discurso del rey inglés ante el Capitolio. Le hizo pelo y barba, sin mencionarlo, a su anfitrión Trump y llevándose los aplausos de todos, defendiendo consignas contrarias como el objetivo Ucrania, la defensa del medio ambiente y, para lección de autoritarios, el respeto al Congreso como sede del soberano, la tradición republicana de la división de poderes y el imperio del derecho.

El riesgo oculto

Hay que ver el efecto que este show pueda tener en el mediano plazo en el electorado del oficialismo, mayoritariamente identificado con el centro y centro derecha moderado, que hasta 2023 votaba a Juntos por el Cambio. En esas latitudes profundas de la sociedad pueden dispararse contraolas inesperadas. La historia no se repite, pero hay que conocerla para evitar que se repita.

En 1997 el gobierno de Carlos Menem hizo lo mismo que Milei al exponer a la sociedad a su defendido. Forzó a su jefe de gabinete Jorge Rodríguez a que recibiera al empresario Alfredo Yabrán. A la cita, que apenas duró 10 minutos en la Casa Rosada, se le dio publicidad previa, al punto de que se llenó la Plaza de Mayo para acompañarla. Ocurrió en el mes de junio. En enero había sido asesinado el fotógrafo José Luis Cabezas y Yabrán era señalado como responsable de ese hecho. Había sido identificado por Domingo Cavallo un año antes, en una sesión de Diputados, como el dueño de voluntades en el gobierno y en la oposición radical. Menem había reformado la Constitución y venía de ser elegido en 1995 en primera vuelta. El gesto de avalar la personalidad de Yabrán en público precedió a una derrota electoral del oficialismo ese mismo año 1997. La Alianza UCR-FrePaSo le ganó al PJ 46,94% a 36,37%. Era la primera elección de medio término hecha con la constitución reformada. El peronismo perdía su primera elección después de 12 años, imbatible desde 1985. El radicalismo ganaba su primera elección desde aquel mismo año. Se restauraba el bipartidismo. Yabrán se suicidó en mayo de 1998.

La desmesura se paga cara

¿En qué punto se perdió el lazo que unía al peronismo menemista con la burguesía criolla que lo bancó durante una década de gobierno? ¿En qué momento la desmesura (Hybris en la tragedia griega) desmoronó la vanidad del poderoso? ¿Fue en el trapicheo de los cambios institucionales —reformas electorales, etc.—, en la economía, o en instancias inmanejables de la relación entre los votantes y los dirigentes, que se resuelve en ese hecho misterioso y multicausal que es el voto?

Menem había asumido en julio de 1995 su segundo mandato y comenzó su caída en molinete, perdió en 1997 y en 1999. El control del liderazgo fulminó a Menem. En 1999 pudo ser de nuevo gobernador de La Rioja o, entre otros cargos que le prepararon, secretario general de la OEA. Pero a los dos años de salir, ya estaba preso. Presidía el Consejo Nacional del PJ, que sesionaba en su lugar de detención, la quinta de Gostanian en Don Torcuato (como una prefiguración de hoy, Cristina gobernando por control remoto desde San José 1111).

Hubo desmesura en aquella defensa pública de Menem. Hubo desmesura esta vez en la defensa de un funcionario menor del gobierno por parte del presidente. El destino castiga la desmesura. En Otelo, el pañuelo de Desdémona es símbolo de amor en manos del héroe, pero es símbolo de traición en manos de Casio, el emisario del intrigante Yago. Saber discernir es lo que separa el acierto del error.

Todo personal

Las agrupaciones políticas llegan al turno de 2027 en estado de balcanización partidaria. En 2023 las cúpulas propias de las dos grandes coaliciones erraron en la lectura de la sociedad. Era un disparate cósmico que Cambiemos y el peronismo, representando a la mayoría del electorado argentino, se midieran en una disputa entre Patricia Bullrich y Sergio Massa. La sabiduría del Dr. Alfonsín, creador del balotaje pampa de la nueva constitución, lo llevó a Javier Milei a la presidencia con los equipos y los funcionarios de Cambiemos.

Esas fuerzas no han podido recomponerse del golpe de 2023. Siguen siendo agrupaciones en torno a caudillos tribales que se pelean por cuestiones personales o de intereses, cuando el electorado, compacto en las dos grandes familias históricas, se resiste a ser representado.

¿Qué separa a Milei de Macri sino cuestiones personales? Disienten en lo personal, creen en los mismos prejuicios, tienen las mismas ocurrencias y se pelean por quién patea este penal.

En el peronismo, ¿qué diferencia hay entre el peronismo del AMBA o el peronismo del interior, salvo intereses personales y de facción? Y en el peronismo de cada uno de esos territorios, ¿qué separa a la familia Kirchner de Axel Kicillof salvo cuestiones personales, o a Raúl Jalil de Gildo Insfrán?

El riesgo del riesgo kuka

Este festival del caudillismo sin liderazgo sólido que unifique objetivos y métodos y que contenga las contradicciones de su espacio es el signo de este turno electoral. Lo alienta el diagnóstico errático del gobierno sobre que el problema que tiene la Argentina es el riesgo kuka. El mismo fantasma que achicó al gobierno de Juntos por el Cambio en 2019, cuando Macri incluía en los males de su gobierno que el peronismo, decía, estuviera cautivo del kirchnerismo, como si no fueran lo mismo. Manifestaba su incapacidad de combatirlo con eficacia. Era una confesión de resignación que lo llevó a la derrota.

El mismo fantasma espanta a este gobierno cuando el ministro de Economía se queja ante los empresarios de que hace de todo pero que el riesgo país no baja por el riesgo kuka. ¿Qué es el riesgo kuka? ¿Que vuelva el peronismo al gobierno, o es un rechazo a quienes votan al peronismo? Es una descalificación del voto popular que descalifica aún más a quien lo esgrime. Hay que preocuparse cuando este ánimo antidemocrático acompaña los ataques del oficialismo contra los periodistas. Las elecciones se ganan representando.

Hacer política es como torear, arte que según Juan Belmonte – que era amigo de Ortega y Gasset – es “llevar al toro por donde él no quiere ir, y hacerlo como si él quisiera”. La frase encapsula perfectamente el concepto de liderazgo: la capacidad de imponer una dirección o un objetivo y lograr que el resultado parezca algo deseado y natural.

El poder misterioso de la política

La pregunta vale ante la pasmosa estabilidad del voto argentino a lo largo de los turnos electorales y la ingenuidad de los dirigentes para hundirse en las falacias. La última constancia es de hace 6 meses, cuando en las elecciones legislativas el voto del no peronismo alcanzó casi 41% de los votos —juntando todo lo que había disperso en el centro y la centro derecha— y el peronismo retuvo 34% de los sufragios.

“La política lo penetra todo: en definitiva, lo decide todo —dijo Ortega y Gasset— es un poder misterioso, instintivo, que rige la historia. Es un poder ajeno y distinto de los demás, que en cada edad se camufla según el matiz de los tiempos, como los grandes ríos toman el color del cielo y de las nubes viajeras que sobre ellos pasan a la deriva: y unas veces la política se disfraza de luchas de raza y de sangre, y otras veces de luchas religiosas, y otras, como en el último siglo, de luchas económicas: pero en realidad, bajo todo ese disfraz y máscara, es el instinto político, el instinto del poder quien rige la historia” (Discurso ante las Cortes Constituyentes, 4 de septiembre de 1931).



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