Hoy juega la Selección. ¡Vamos por la cuarta! Y Scaloni pone toda la carne en el asador. Y hablando de carne, en paralelo, se juega otro mundial. Las grandes cadenas de hamburguesas utilizan a estrellas del fútbol para atraer clientes a sus locales. Aquí, las promociones con jugadores de la Selección campeona del mundo se multiplican en carteles, aplicaciones y campañas publicitarias. Mc Donald’s con el hallazgo de Mc Allister, Mc Alvarez y Mc Fernández… Mostaza insistiendo con el Dibu, tras el batacazo del 2022. Sin embargo, en los estadios norteamericanos y en las transmisiones del Mundial prácticamente no aparece publicidad de la carne argentina. Y, sin embargo, la Argentina podría convertirse en uno de los grandes beneficiarios económicos de esta fiebre hamburguesera. Más allá del Mundial, y ni siquiera como su consecuencia. El negocio no está en conquistar al consumidor final, sino en abastecer a la industria que fabrica las hamburguesas. Como se dice ahora: no es B2C (foco en el consumidor) sino B2B (negocio entre un proveedor y un procesador o incluso una cadena de fast food). La hamburguesa es mucho más que una comida rápida. Es una de las mayores cadenas de valor agroindustriales del planeta. Desde la apertura de White Castle en 1921 y la posterior expansión de McDonald’s, Burger King, Wendy’s y decenas de otras cadenas, Estados Unidos construyó una verdadera economía alrededor de la hamburguesa. Actualmente existen cerca de 90.000 hamburgueserías en Estados Unidos, con una facturación anual superior a los 170.000 millones de dólares. Una cifra equivalente a una porción significativa del producto bruto de países enteros. Detrás de cada hamburguesa hay una compleja red integrada por productores ganaderos, feedlots, frigoríficos, elaboradores de carne molida, fabricantes de pan, procesadores de papa, empresas logísticas y franquicias. La hamburguesa es, además, el principal destino de la carne vacuna estadounidense. Más de la mitad de la carne vacuna consumida en restaurantes se presenta en forma de hamburguesa. Y encima, sale con fritas…Las papas fritas, inseparables compañeras del combo, explican por sí solas la mitad del mercado de la papa procesada. Pero esta gigantesca maquinaria enfrenta hoy un problema inesperado: falta carne. Estados Unidos atraviesa una de las mayores crisis ganaderas de las últimas décadas. Años consecutivos de sequía obligaron a liquidar rodeos, reduciendo el stock vacuno al nivel más bajo desde comienzos de la década de 1950. Y los “cowboys” no parecen muy convencidos del negocio. Sus hijos ya están en otra cosa, y no hay ganadería sin vaqueros. La situación se agravó por las restricciones sanitarias que limitaron el ingreso de terneros desde México, una fuente tradicional de abastecimiento para los sistemas de engorde estadounidenses. El gusano barrenador, una vieja pesadilla sanitaria erradicada hace décadas, volvió a expandirse desde Centroamérica y obligó a cerrar la frontera. Menos terneros disponibles significa menos novillos para faena y, en consecuencia, menos carne para abastecer una demanda que continúa firme. Ante este escenario, la administración norteamericana decidió ampliar significativamente las importaciones de carne vacuna. Y aquí apareció la oportunidad para la Argentina. Lo interesante es que la necesidad estadounidense no está concentrada en bifes premium ni en cortes de alto valor gastronómico. La razón es técnica. La carne producida en los feedlots estadounidenses suele presentar un mayor contenido de grasa. Para elaborar hamburguesas con la composición adecuada, la industria necesita mezclar esos recortes grasos con carne más magra proveniente de otros países. Tradicionalmente ese rol fue desempeñado por Australia, Nueva Zelanda, Uruguay y algunos proveedores de América Central. Ahora la Argentina logró ampliar significativamente su acceso al mercado estadounidense mediante una cuota especial que podría alcanzar las 100.000 toneladas anuales. Prácticamente toda esa carne tendría como destino final la elaboración de hamburguesas. Se trata de un negocio diferente al imaginario tradicional de la exportación cárnica argentina. No se trata del bife de chorizo servido en Smith & Wollansky de Chicago o Manhattan, ni de la parrilla gourmet promocionada en ferias internacionales. Es un negocio industrial, de empresa a empresa. “B2B” como se dice ahora. No “B2C” (del proveedor al consumidor). La paradoja es fascinante. Mientras las cadenas de hamburguesas utilizan a las figuras del fútbol para atraer consumidores, la carne argentina podría convertirse en un ingrediente clave de millones de hamburguesas sin que nadie lo advierta. El consumidor norteamericano seguirá viendo el logo de McDonald’s, Burger King o Wendy’s. Probablemente nunca sepa que parte de esa hamburguesa fue producida en los campos argentinos. Pero para la cadena ganadera nacional eso resulta secundario. Lo importante es que la crisis ganadera estadounidense abrió una ventana comercial extraordinaria. En un país donde la hamburguesa es casi una institución cultural, la Argentina tiene la posibilidad de convertirse en un proveedor estratégico de la materia prima más importante del negocio. Paradójicamente, el mayor éxito de la carne argentina en Estados Unidos podría consistir en pasar inadvertida. No aparecerá en los carteles del Mundial. No será protagonista de las campañas publicitarias. Pero podría estar presente en millones de hamburguesas servidas cada día en el mercado más grande del mundo. Un poquito de Messi en cada burga. 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