El acuerdo entre Estados Unidos y China suscripto en Beijing el 14 de mayo, no es sólo un pacto estratégico elaborado entre las dos superpotencias a través de un diálogo establecido entre los líderes máximos – Donald Trump y Xi Jinping – realizado durante más de 8 meses, sino también el comienzo de una construcción institucional de largo plazo que tiene todos los visos de una estructura permanente de carácter estatal, que sirva como el nodo inicial de un esbozo de un Estado mundial.
Lo que está en marcha en el mundo tras la histórica reunión del 14 de mayo es un Nuevo Orden Global fundado en el comercio y las inversiones, cuyo eje es EE.UU., reconocido como la primera superpotencia global, pero que ejerce el poder en el mundo asociado con la República Popular, que es la expresión contemporánea de los 5.000 años de historia de la Civilización China, una de las dos culturas más profundas y abarcantes del mundo actual (la otra es claramente Occidente, que es tanto la fe como la técnica).
De ahí la vocación estatal y creadora de instituciones de esta alianza entre EE.UU. y China: “El Estado mundial es una realidad que viene del futuro hacia el presente, y lo transforma”, dice Ernst Jünger. “Es el punto hacia el que tiende la organización política de la humanidad porque sanciona en ese pico la globalización ya encarrilada de la técnica y la economía planetaria. La técnica lleva inexorablemente a la globalización, y prepara el Estado mundial, y en cierta manera lo realiza. En suma, el Estado mundial es el correlato político de la globalización ya realizada por la técnica”.
Esta es la razón de ser del encuentro en Beijing entre Trump y Xi y el significado inmediatamente global de lo acordado por los dos líderes.
En el Informe de la Casa Blanca (“Fact Sheet”) del 17 de mayo, se comunica al mundo las dos instituciones cruciales creadas por las superpotencias.
La primera es la “Junta de Comercio entre EE.UU. y China” cuya tarea es encarrilar y estabilizar el comercio bilateral entre los dos países; la otra es la “Junta de Inversiones”, que es la verdaderamente decisiva en términos estratégicos porque en el capitalismo absolutamente integrado por la revolución de la técnica en su fase de Inteligencia artificial (IA) las inversiones son mucho más importantes que el comercio, al punto de que 85% del intercambio global se realiza a través del sistema integrado transnacional de producción, que es la estructura básica del capitalismo del siglo XXI: las “Juntas de Inversiones y Comercio” de EE.UU./China son una nueva “Organización Mundial del Comercio” sumada a un amplísimo y ambicioso Banco Mundial, sólo que de capitales privados.
El aspecto “seguridad” del acuerdo no surge de un tratado formal, sino de la visión común y del equilibrio de fuerzas entre las dos superpotencias; y sobre todo del papel absolutamente decisivo de los dos líderes. El fenómeno político antes que aparato y sistema (“séquito y logística”) es ante todo el liderazgo, la capacidad de decidir, como advirtió De Gaulle.
El hecho de que lo pactado en Beijing sea sobre todo “inversiones y comercio” es porque la preocupación central es desplegar una ola de prosperidad y de inmensas posibilidades como nunca antes se ha conocido, y que abarque a todos los sectores y regiones del mundo sin excepción, tras la virtual desaparición del “adentro” y el “afuera”.
También se prevén algunos puntos menores, aunque sustanciales: la compra inicial de 200 aeronaves Boeing de transporte de pasajeros por las líneas chinas, que podrían alcanzar a 800 unidades en los primeros 4 años, junto con la inmediata compra de soja y otros productos agrícolas por US$ 17.000 millones por año en 2026, 2027 y 2028.
En lo que se refiere a las inversiones, ya han comenzado las negociaciones entre Volvo (marca sueca de propiedad china) y Ford para producir autos eléctricos en el mercado europeo; y también a través de Ford la incorporación de Tencent y Alibaba en algunas de las plantas de Detroit.
El interés de EE.UU. en el mercado chino está centrado en la alta tecnología, encabezada por los “chips” o semiconductores de Nvidia. La cuestión allí es lograr la hegemonía en los estándares de aplicación de los productos high tech.
Estos son algunos de los trazos fundamentales del acuerdo de asociación entre EE.UU. y China pactado en Beijing el 14 de mayo, que se ha convertido, por eso, en el nuevo centro de gravedad de la política mundial; y como toda auténtica concepción política/estratégica no niega el pasado – el supremo pecado iluminista – sino que lo absorbe y lo integra en un nivel cualitativamente superior.
Por eso, la concepción del Estado mundial que emerge de la reunión de Beijing es al igual que el de Hegel y el de Antonio Gramsci, un vínculo que une e integra el poder político y la sociedad civil; y por esa vía fusiona lo político, lo económico y lo tecnológico en un proceso de arriba hacia abajo y recíprocamente de forma circular.
Hegel/Marx/Gramsci/Trump/Xi Jinping constituyen una línea de continuidad y de verdad que une el pasado con el presente y sirve de fuente al futuro.
