Durante casi un siglo, el negocio de la soja giró alrededor de la proteína. El aceite era un subproducto valioso, pero secundario frente a la harina destinada a alimentar pollos, cerdos y vacunos. Eso cambió. Y cambió de manera drástica en los Estados Unidos, donde en apenas dos décadas se produjo una verdadera revolución energética silenciosa: el aceite vegetal pasó a ser combustible.

La industria del biodiesel norteamericana prácticamente no existía a comienzos de los años 2000. Eran pequeños emprendimientos regionales, muchas veces impulsados por farmers o cooperativas del Midwest, procesando aceite de soja para abastecer nichos locales. Pero la combinación de políticas públicas, objetivos ambientales y seguridad energética terminó creando una maquinaria gigantesca.

El gran punto de inflexión fue el Renewable Fuel Standard (RFS), lanzado durante la presidencia de George W. Bush y profundizado luego por Barack Obama. A esto se sumaron créditos fiscales federales y programas estaduales, especialmente en California, que premian a los combustibles con menor huella de carbono.

El resultado fue explosivo. La producción de biodiesel pasó de unos pocos cientos de millones de galones anuales a principios de siglo a más de 2.000 millones de galones en la actualidad. Pero lo más interesante vino después: el surgimiento del “renewable diesel”, o diésel renovable.

Aunque muchas veces se lo mete en la misma bolsa que el biodiesel, técnicamente es otra cosa. El biodiesel convencional se obtiene mediante transesterificación de aceites vegetales o grasas animales y tiene ciertas limitaciones de uso y mezcla. El renewable diesel, en cambio, se produce mediante procesos de hidrogenación similares a los de una refinería petrolera. El resultado es un combustible prácticamente indistinguible del gasoil fósil, apto para utilizarse puro y compatible con la infraestructura existente.

Ese detalle técnico cambió toda la escala del negocio.

Las grandes petroleras estadounidenses comenzaron a reconvertir refinerías tradicionales en complejos de combustibles renovables. Lo que hasta hace poco parecía una extravagancia “verde” terminó convirtiéndose en una nueva unidad estratégica para gigantes históricos del petróleo.

Hoy el liderazgo del sector ya no está en manos de pequeñas plantas del Midwest, sino de grandes corporaciones integradas. El caso emblemático es Diamond Green Diesel, la sociedad entre Valero Energy y Darling Ingredients, que opera enormes complejos industriales en Louisiana y Texas. Allí procesan aceite de soja, grasas animales, aceites usados de cocina y otros residuos grasos para producir más de mil millones de galones anuales de combustible renovable.

También avanzaron con fuerza Marathon Petroleum, Chevron y Phillips 66, que transformó parte de su histórica refinería Rodeo, en California, en un gigantesco polo de renewable diesel y SAF, el combustible sustentable para aviación.

En paralelo, los gigantes agroindustriales como ADM, Bunge y Cargill quedaron en el centro del tablero como proveedores estratégicos de aceites vegetales.

Y ahí aparece uno de los efectos más profundos de este proceso: el crushing de soja en Estados Unidos ya no está impulsado solamente por la demanda de harina proteica. Cada vez más, el motor económico es el aceite.

Eso explica la ola de inversiones en nuevas plantas de molienda en el Midwest y la creciente competencia por materias primas grasas. La industria comenzó a demandar no solo aceite de soja, sino también canola, camelina, carinata, corn oil proveniente de plantas de etanol, grasas bovinas y aceite usado de cocina.

Incluso el mercado de carnes quedó involucrado. Los frigoríficos y procesadores de proteínas descubrieron que el sebo vacuno podía valer casi tanto como algunos cortes de carne gracias a su destino energético.

La expansión fue tan fuerte que en pocos años el renewable diesel pasó de ser marginal a representar casi la mitad de toda la producción estadounidense de “biomass-based diesel”. Y las proyecciones indican que la capacidad instalada seguirá creciendo, especialmente empujada por el SAF, el nuevo objetivo estratégico de las aerolíneas y gobiernos occidentales para descarbonizar el transporte aéreo.

Claro que el proceso no está exento de tensiones. En 2025 aparecieron márgenes negativos, cierres de algunas plantas menos eficientes y discusiones políticas sobre subsidios y créditos fiscales. Pero aun así, el cambio estructural parece irreversible.

Para la Argentina, este fenómeno abre un escenario fascinante. Porque ya no se trata solamente de exportar aceite o biodiesel tradicional. La transición energética global está creando una demanda creciente y estructural de biomasa grasa de baja intensidad de carbono.

Y ahí entran en juego la soja, la canola, la camelina, la carinata, los residuos agroindustriales y hasta nuevos modelos productivos ligados al carbono.

En otras palabras: el campo ya no produce solamente alimentos. También produce energía líquida. Y Estados Unidos acaba de demostrar hasta dónde puede llegar ese cambio.



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