En un mundo que profundiza cada vez más la revolución tecnológica de la inteligencia artificial (IA), ésta se ha convertido en el instrumento fundamental de la digitalización de la manufactura y los servicios en la 4° Revolución Industrial. Lo esencial de este extraordinario acontecimiento histórico no es el gigantismo de las grandes plataformas tecnológicas sino la incesante competencia a la que se ven sometidos estos extraordinarios “Behemoth” – “los grandes monstruos del caos primordial”, según Franz Neumann – de la época, por la constante aparición de innovadoras startups provenientes de Silicon Valley. Todo lo que se refiere a la política high tech de Estados Unidos está centrada en esta puja monumental entre las cuatro grandes plataformas digitales – Amazon-AWS/Meta-Facebook/Alphabet-Google/Microsoft – y las feroces startups de Silicon Valley que le disputan la primacía en el mercado mundial. Schumpeter siempre elogió el monopolio que acarrea el éxito de los grandes innovadores pero agregó, no sin cierta ironía, que la destrucción creadora que impulsaba las innovaciones era al mismo tiempo una transitoria corona de gloria para los vencedores de la puja competitiva, destinadas a caer invariablemente ante la fuerza inexorable de las sucesivas innovaciones. El impulso innovador creado por la competencia es lo que lleva a la destrucción creadora y su lógica adquiere un estado puro, casi de laboratorio en la experiencia histórica norteamericana, el libro de texto del capitalismo avanzado, porque allí no existen “raíces feudales”; y donde el proceso de acumulación (ahorro/inversión/reproducción ampliada) se funda exclusivamente en bases capitalistas. Por eso es que Estados Unidos es el país por antonomasia de la destrucción creadora. Esta es la gran ventaja comparativa que tiene la civilización estadounidense y es lo que la convierte en el país de las fronteras a traspasar y de la búsqueda incesante de lo nuevo. A esto se suma el hecho de que hoy Estados Unidos es el único país del mundo que no impone ningún tipo de restricciones al libre despliegue de la inteligencia artificial sino que al contrario insiste en acelerarla, al punto de convertir a la economía norteamericana (U$S 28 billones/26% del PBI global) en un espacio productivo en que más de un tercio de su expansión es obra directa de la IA; y en donde más de 40% de sus más de 600.000 empresas ya se han transformado en protagonistas de la 4° Revolución Industrial por obra de la IA, la Internet de las Cosas (IoT) y la robotización. La escasa o nula regulación que hay hoy en EE.UU. en materia de IA es quizás la principal razón de su extraordinario éxito histórico y productivo. Por cierto que como todo lo nuevo e innovador la IA presenta riesgos, pero ésto está abrumadoramente resuelto en el camino por las excepcionales oportunidades que ofrece la construcción de la revolución industrial en marcha. La IA fue un tema central del encuentro de Beijing entre Donald Trump y Xi Jinping. Allí se pactó que EE.UU. triplicará sus exportaciones a la República Popular, ante todo los productos high tech provistos por Nvidia de Jensen Huang; y China, por su parte, acepta como los estándares de la IA los provistos por la high tech estadounidense, en un movimiento de mutua integración que fija las reglas de juego del siglo XXI. La encíclica del Papa León XIV sobre la Magnífica Humanidad trata de “la custodia de la persona humana en tiempos de la IA” y, dentro de este gran capítulo, la cuestión central para la Iglesia es la de la responsabilidad personal. “La Iglesia es lo que hace visible a lo invisible”, dice Carl Schmitt y el núcleo de la Iglesia es la fe, un fenómeno estrictamente personal. “Es un diálogo con alguien, no con algo”, afirma el Papa Ratzinger, con el agregado de que para este gran pensador y filósofo “no hay fe sin conciencia histórica”. La encíclica de León XIV tiene dos categorías fundamentales, “la técnica no es neutral ni puede serlo” y “la persona humana no existe sin responsabilidad personal”. Todo gira alrededor de estos dos apotegmas. Hay que sumarles a estas dos categorías esenciales la afirmación de un antiguo seminarista católico. Dice Martin Heidegger: “La esencia de la técnica no es técnica sino cultural” y la cultura de la época es la innovación, la creatividad, los descubrimientos, la convicción de que siempre hay un nuevo amanecer y un continuo “renacimiento”, con el agregado establecido por Ratzinger de que la fe, que es una suprema energía, es para los vivos y no para los muertos. Por eso la preocupación de la Iglesia por la responsabilidad personal en el mundo de la IA y la 4° Revolución Industrial tiene raíces religiosas y, sintomáticamente, la noción de libertad en EE.UU. y Silicon Valley también las tiene. “La civilización norteamericana se funda en la religiosidad”, dice Alexis de Tocqueville. Entre la Encíclica de León XIV y Silicon Valley se ha abierto el gran debate de la época sobre los únicos temas que realmente importan: la fe, la responsabilidad personal y la libertad, todos fenómenos de raíz religiosa en la época de la Inteligencia artificial y la 4° Revolución Industrial. 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