Hay una tensión entre capitalismo y democracia. Es algo de raigambre histórica y de la cual grandes intelectuales han escrito y hasta propuesto soluciones para descomprimir las demandas de la sociedad civil para con las elites empresarias y viceversa. En el siglo XX desde economistas como Joseph Schumpeter en su clásico Capitalismo, socialismo y democracia, a John Kenneth Galbraith en El nuevo Estado industrial se han ocupado de describir cómo las grandes corporaciones dominan sus mercados y muchas veces condicionan la política económica. Casi cien años después esta confrontación vuelve a darse.

Ayer, Javier Milei manifestó de algún modo algo de todo esto a través de un artículo en el diario londinense Financial Times. Eligió escribir allí justo cuando el mundo está atravesado por un aumento extraordinario de las inversiones en inteligencia artificial, desatando una carrera de proporciones globales entre empresas y líderes políticos por ver quién atrae más el nuevo capital del siglo XXI.

El Presidente sostiene en su nota, casi con un argumento más de abogado que de economista, que la forma de lograr que Argentina capte esas inversiones es lo que hicieron los Países Bajos cuatrocientos años atrás: brindar un paraguas de incentivo legal. Milei propone para ello enmarcar las empresas manejadas por la IA en la figura que se conoce como sociedad de responsabilidad limitada y no de sociedad colectiva.

Parecen todas cuestiones y terminologías de abogados, pero la diferencia es que con la primera figura, los dueños no serían personalmente responsables de deudas o demandas de la empresa, las ganancias suelen evitar pagar impuestos, salteándose la doble imposición, y se requiere menos trámites administrativos y reuniones anuales que una corporación tradicional. Milei lo dice en el FT: la revolución industrial no nació producto de la ingeniería sino de la ley corporativa de Amsterdam.

El artículo del Presidente es revelador porque confirma además que en su visión la democracia debe adaptarse a los cambios tecnológicos, algo que piensan también Elon Musk o Peter Thiel. Para un líder como Milei la democracia debe adecuarse a dar respuestas más inmediatas y como los desafíos que vienen son diferentes a los del siglo XX, la mirada académica debe readecuarse. Giuliano da Empoli describe todo este ecosistema como ‘tecnopolítica’.

El capitalismo es alérgico a la incertidumbre, decía Schumpeter. El punto es cómo hacer para que no estornude y desate una crisis.

Una opción es que, bajo democracia, la previsibilidad y las reglas de juego sean provistas por acuerdos que superen horizontes temporales de los mandatos de los gobernantes. Pasa en Uruguay y en Chile.

Milei no cree en ese camino. Pero al mismo tiempo sabe que debe despejar dudas con el riesgo país aún debajo de 500 puntos. Personas al tanto del anuncio de Open AI del año pasado de un centro de datos para IA en Argentina (US$ 25.000 millones de inversión), admiten que aquello viene demorado. Hay temas locales y globales: a nivel mundial empiezan a ver dudas sobre la concreción de muchos de esos anuncios, dijo The Wall Street Journal esta semana. Y Milei busca compensar todo esto de alguna manera, diluyendo el riesgo empresarial. Ahí muchos ven tensión con la democracia como se la conoció en el siglo XX.



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