El presidente Xi Jinping señaló en la “Conferencia Económica Anual del Partido Comunista Chino” de diciembre del año pasado que la economía nacional tendría como principal impulso de crecimiento a la demanda doméstica en 2026.

“Habría que coordinar los esfuerzos para promover el consumo, y (de esa forma) expandir las inversiones”, sostuvo Xi.

Pero a 6 meses de iniciado el año los resultados de este giro central de la política económica china han sido muy débiles, o incluso negativos.

Las ventas minoristas o retail resultaron negativas por primera vez desde 2022 (-0,6% mensual) y lo mismo ocurrió con el nivel de inversión, 4,1% menor al de los primeros 5 meses del año pasado.

El consumo doméstico chino, en síntesis, no está estimulando la economía de la República Popular, que depende cada vez más de su sector externo, donde el gigantesco superávit comercial de US$ 1,6 billones se ha tornado absolutamente insostenible, y a pesar de eso se expande cada vez con mayor vigor (19% m/m en mayo).

El resultado es que mientras que el superávit comercial se expande y el consumo doméstico se debilita la formación de capital disminuye sistemáticamente (es la primera vez que esto ocurre desde que se llevan registros en 1990).

Hay un sector de las importaciones, que aumentan sistemáticamente, que es el de los semiconductores o chips provenientes sobre todo de Estados Unidos, en especial los fabricados por Nvidia, lo que es claramente parte del fenómeno mundial del boom de la inteligencia artificial (+27% m/m en mayo).

A pesar de este profundo desequilibrio, el PBI chino crecería entre 4.5%/5% anual en 2026, aunque lo notable es que estaría apoyado casi exclusivamente en el insustentable superávit comercial.

Esto significa que hay amplios sectores de la demanda doméstica que poseen productividad nula o negativa; y lo grave es que este dato negativo se ha transformado en un sistema político constituido por la defensa acérrima del status quo por poderosos –y hasta ahora imbatibles– intereses creados de carácter local o regional.

Según el FMI, todos los años China invierte entre 4 y 6 puntos del producto en fortalecer y expandir su poderosa máquina manufacturera exportadora, que es la responsable directa de ese superávit comercial de US$ 1,6 billones con los que China está “desindustrializando” al resto de los sistemas manufactureros del mundo.

Este sistema político no legitimado, pero profundamente efectivo, demuestra una capacidad de decisión superior a las autoridades centrales del Partido y del Estado lideradas por Xi, que es notoriamente una de las dos figuras de mayor poder del sistema global (el otro, obviamente, es Donald Trump).

En términos estrictos, el sistema chino (lo que vulgarmente se denomina “modelo”) ha dejado de crecer orgánicamente, lo que parece un absurdo sostener cuando la República Popular se expandió más de 10% anual en forma acumulada a lo largo de más de 4 décadas; y ha logrado además extraer de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas, una hazaña sin precedentes en la historia mundial.

Nunca en la historia de la humanidad un país ha crecido a una tasa tan alta durante un periodo tan prolongado.

China también, con este “modelo” tan profundamente desequilibrado, ha logrado crear una inmensa red de empresas high tech inmediatamente competitivas en el plano mundial encabezada por titanes como Huawei, Alibaba, Tencent, DeepSeek, y muchos otros capaces de disputar con EE.UU. la primacía en el terreno de la inteligencia artificial, que es el instrumento tecnológico esencial para realizar la 4° Revolución Industrial, sinónimo de digitalización de la manufactura y los servicios.

Para eso el Partido liderado por Mao Tse Tung y forjado en el camino heroico de la “Larga Marcha”, lo ha hecho exacerbando la práctica de la competencia, en una contienda feroz tras las mayores innovaciones y los menores costos, que hace que el término “darwinismo” se quede corto.

Para enfrentar esta situación de debilidad relativa, pero paralizante de las decisiones fundamentales, Xi necesita la colaboración de Trump: de ahí –para enfrentar los intereses creados del status quo– el acuerdo de integración entre las dos superpotencias. Sin duda es el acontecimiento más importante del siglo y se realiza sobre una doble premisa: las altas tecnologías de la 4° Revolución Industrial, con la IA en primer lugar, tienen un carácter intrínsecamente cooperativo y no antagónico; y la única manera de competir en un mundo absolutamente integrado como el actual es acelerar ese proceso de integración.

Mao Tse Tung dijo en las “Cuevas de Yenan”, en su obra sobre la “Estrategia de la Guerra Prolongada”, que “…la única forma de conducir una tendencia es acelerarla”.

De las “Cuevas de Yenan” a los logros de la IA no hay un camino tan largo, al menos conceptualmente; y el teórico de la “Guerra Prolongada” sería el primero en comprender que en un universo IA como el actual la categoría fundamental en términos estratégicos ya no es más el espacio o el tiempo, sino la instantaneidad.



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