“Leti” habla claro, como quien ha trabajado en ordenar sus pensamientos, en tener algo para decir. O mejor: en ser oída. Atravesada por su historia, se construyó desde los cimientos sobre tierra arrasada, con recuerdos que no sabe si son suyos o de otros. Tiene 25 años y la injusticia la persiguió desde la infancia: en Tucumán, ser la hija de Paulina Lebbos, es vivir con ese relato al hombro.
Es profesora universitaria de danza clásica y de danza contemporánea. Vive en General Roca, en Río Negro. Encontró sus rulos, el pelo larguísimo y los ojos rasgados de su madre, pero también de ella, impresos en carteles pidiendo justicia, denunciando impunidad.
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Entrevista a Leticia Victoria Nieva, la hija de Paulina Lebbos
Volver del colegio, pasear con amigas y hasta ir a una guardia médica la enfrentó con el peso de un apellido, de una historia que era suya pero que a veces sentía de otros.
Leticia es la hija Paulina Lebbos, pero -asegura- “también otras cosas”.
Supo, cuando pudo, reconocerse como “víctima” del femicidio de su madre. Eligió contar su historia, ponerle voz y cuerpo, con una certeza: “Es importante que hablemos de las víctimas de femicidios, es importante que hablemos de los hijos que quedan y el círculo de instituciones que fallan”.
El 6 de mayo terminó el cuarto juicio por el crimen y la Justicia absolvió a César Soto (44), ex pareja de Paulina Lebbos y padre de Leticia. Así, el crimen de la joven estudiante de Comunicación asesinada en febrero de 2006, en lo que se convirtió en uno de los crímenes más resonantes de la provincia de Tucumán, quedó impune.
“Leti” decidió renunciar a la querella en el juicio y no pudo apelar el fallo de primera instancia. Dice que sabía que existía esa posibilidad y que -entendía- faltaban pruebas para condenar a Soto, pero que leer en los diarios que el crimen de Paulina quedaba impune la estremeció.
El fiscal de Cámara Carlos Sale sí interpuso un recurso de Casación y pidió que Soto sea condenado a perpetua.
-¿Cómo fue transitar el cuarto y último juicio por el crimen de Paulina?
-Esta vez me agarra un poco más grande, comprendiendo mucho más sobre el caso y también tomando la decisión de poder hablar y de poder expresarme, que también es un privilegio. Siento tener voz.
-¿Qué es lo que más te dolió?
-Que el relato sea en voz de otros y con él los recortes, de alguna manera espectacularizando el caso o hablando en terminologías muy crudas, eso ha sido difícil. En este caso en particular yo sabía, habíamos hablado con Soledad Deza (su abogada) antes y todas las decisiones las fui tomando yo, de no ser querellante, que fue una de las tantas cosas que se hablaron en los medios, ¿no?
-¿Por qué decidiste no ser querellante?
–Fue una decisión mía porque, repito, hace muy mal a volver a hablar del caso, es reabrir la herida una y otra vez sobre cosas que… sobre discusiones y sobre personas porque me afecta como víctima. De volver a discutir lo mal que ha sido llevado todo este caso. Un poco se sabía que no había nuevas pruebas, entonces iba a ser muy redundante.
Fue un golpazo cuando efectivamente los medios de comunicación pusieron ‘no va a haber justicia’. Obviamente yo ya lo sabía en mi interior, una lo viene procesando. Ya sabíamos que estábamos asumiendo que no íbamos a a descubrir nada nuevo, que no había manera de llegar a esa verdad.
-¿Te afectó emocionalmente?
-Estuve muy mal, estuve de vuelta muy enojada, porque inevitablemente soy protagonista de esto, quiera o no. Estando ahí sentada o no.
Soy la víctima de la situación y me costó un montón también entenderme como víctima. Fue pararme y decir, “OK, sí, yo soy víctima de todo esto porque yo tenía 5 años cuando pasó. Estos 20 años los he vivido siendo una menor de edad, entonces eso también ha dejado un daño muy muy grande y ni hablar que un caso llevado a lo mediático genera todo un tipo de de opiniones.
Es todo parte de este sistema patriarcal que sigue revictimizándonos y poniéndote en tela de juicio.
-¿Cómo transitaste todas las instancias judiciales?
-He transcurrido diferentes situaciones, incluso la idea de la culpa ¿no? Como si fuera culpable o si pudiera hacer algo para que esto fuera distinto. Me han llegado a decir de todo por no agarrar la querella. ¿Hubiese sido distinto si yo estaba sentada ahí? Sí, me lo pregunto, no es que soy una persona que no se está preguntando todo eso, todo lo contrario.
Estoy totalmente atravesada, es mi vida esto. Es parte de una estructura que todo el tiempo te está acusando y eso no termina. No termina con que este caso sea ahora abierto, no termina con que mañana…No, no termina porque es mi vida y es parte del relato que yo me quiero contar. Yo siempre voy a ser hija de Paulina, pero también soy otras cosas. Sí, soy hija de Paulina, a mí me me pasó esto.
Pero después de esto soy un montón de otras cosas, no soy solo esto, porque -si solo soy esto- no sé si estaría hablando acá.
El cambio de identidad
Leticia tenía cinco cuando mataron a su mamá. Transitó estos 20 años siendo una niña, primero, y ahora una mujer. Fue Lebbos, Soto, Lebbos otra vez y ahora Nieva. Es la cuarta vez que cambia su apellido, pero la primera por elección propia.
Leticia Nieva, el día que cambió su apellido por el de su madre adoptiva.Es que la impunidad atravesó su vida, tanto que decidió llevar el apellido de su madre adoptiva, Silvina Nieva (43), una docente que conoció en la escuela secundaria y que la acompañó durante los momentos más duros de su adolescencia y a quien eligió llamar “mamá“.
Leticia pasó por “una depresión muy grande, ataques de ansiedad e intentos de suicidio“. Durante años, reconoce, se autolesionó y no encontró la contención que necesitaba en su familia, desgarrada por la pérdida de Paulina y el derrotero para alcanzar justicia, ni en las instituciones que -se suponía- debían protegerla.
Silvina Nieva, la madre de Leticia, en una marcha por Ni Una Menos pidiendo justicia por Paulina.Vomitaba su historia con furia buscando ayuda en cualquiera que pudiera escucharla, pero Silvina se quedó: “Ella entró a la escuela cuando yo me autolesionaba y simplemente fue quedarse, yo en el baño con la puerta cerrada y ella del otro lado diciéndome ‘hablemos, yo te quiero escuchar, quiero hablar con vos, escucharte a vos, o sea, no escuchar qué dicen de vos“.
Cuando cumplió 18 años, dejó la que llamará “la casa“, la misma en la que habían vivido Paulina y su abuela, antes de morir, y después ella y una tía. Se mudó junto a su madre adoptiva y -dice- desde entonces “nadie de la familia” le habla.
La abogada Soledad Deza, de la Fundación Mujeres por Mujeres, la orientó a hacer uso de su derecho a la identidad filiativa por elección y junto a Silvina “se adoptaron”.
Leticia, junto a Slilvina Nieva, tras el cambio de apellido. Foto Página/12“Para mí significa la validación, por primera vez, de mis sentimientos. De poder validar mis sentimientos, mi nueva identidad. Con el apellido Lebbos en Tucumán era hija de Paulina o nieta de Alberto. No era yo, no era Leticia Victoria. Yo iba a una guardia y me estaban preguntando sobre Lebbos o sobre mi mamá, ahí medio desmayada”, recordó Leticia sobre su vida llevando el apellido Lebbos.
“Parte del cambiarme el apellido primero fue para poder validar a la persona que me está alojando, que me está defendiendo, que está cobijándome, que está haciendo la función de madre. En este caso, poder darle a ella algo, ha sido poder decir que nos adoptamos mutuamente”, cuenta.
Leticia piensa en escribir un libro para contar su historia y darle un espacio a su voz. “Yo soy la víctima, no me niego como víctima, porque también dicen ‘ay, la negó a Paulina, ya no es más su madre‘ y todos esos comentarios. No, yo soy hija de Paulina, lo voy a ser siempre“, reconoce.
Leticia Nieva y su mamá, Paulina Lebbos, en un acto escolar.Habla de su pelo, de el parecido físico que las conecta: “Tengo el mismo pelo, la misma carita, o sea, lo porto en en el ADN. Pero yo decido cuándo contar esa historia, con quién, a quién, de qué manera, desde qué lugar”.
Además, aclara: “No es que yo esté negando mi identidad, sino que estoy abrazándola desde afuera, como poder mirar a Paulina y poder nombrarla y poder abrazarla también. Antes estaba muy enojada y no quería ni saber nada o no entendía o me enojaba mucho por la impotencia de no poder hacer nada. Ahora creo que puedo, y de la manera en la que yo estoy decidiendo, hacerlo”.
En Tucumán Alberto Lebbos es sinónimo de lucha contra la impunidad. Y el distanciamiento con Leticia, sus declaraciones, han atravesado el cuarto juicio por el asesinato de Paulina.
Alberto Lebbos es sinónimo de lucha de familiares de víctimas contra la impunidad.La decisión de Leticia de no ser parte de la querella en el juicio dificultó al papá de Paulina apelar al fallo de primera instancia, aunque finalmente lo hizo. Cuestionando esa decisión, en declaraciones a la prensa, el hombre advirtió que su “nieta Victoria está cooptada por una secta feminista que le lavó el cerebro”.
La joven elige llamarlo “Lebbos” o “Alberto”, no le dice abuelo. “No hablo con él hace más de siete años“, asegura. Y cuestiona: “Ha sido capaz de hacer cualquier cosa con tal de ser el protagonista de la historia y eso es muy duro”.
Leticia dijo haber sufrido por sus dichos y explicó: “Lo único que está haciendo en ponerme a mí en contra de él, a mi abogada en contra. Está desestimándome a mí como víctima y aparte infantilizándome. Como ‘ay, no entiendo qué es la querella‘ o ‘ay, yo pobre inocente‘”.
“Ninguna pobre inocente soy, he tomado todas estas decisiones y las he tomado yo: no las ha tomado ni Soledad (Deza), ni mi mamá. Mi mamá lo único que ha hecho todo este tiempo es acompañarme, con todo lo que le cuesta escucharme a mí. La que ha estado cuando me he quebrado mil veces, no fue él, nadie más está cuando me pasan estas cosas a mí”, apunta.
-Leticia ¿qué es la justicia para vos?
-La justicia para mí es que yo tengo una vida, que yo pueda construirla. Ahora voy, doy clases, soy una profe, me construyo desde ese lugar. Escribo, tengo a mis amigas, también siento que es parte de una justicia ¿no? Pero no me quedo ahí escarbando porque, si me quedo ahí, realmente me muero, me muero de tristeza, me muero de dolor, me muero de desolación.
Siento que parte de la justicia para mí ha sido poder ser esto, ser Nieva, venirme vivir al Sur, tener a mi familia, tener a mi perrita, tener a mi mamá, tener a mi gatita ahora, tener mi profesión, haber estudiado dos carreras universitarias, tener sueños, poder seguir con mi vida. No puede ser que nos quiten todo, ya está. ¿Cuánto más nos van a sacar?
