La reunión en Cardiff de las tres fuerzas independentistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte levanta una reivindicación de autodeterminación que hasta hace poco tiempo pertenecía a tres debates separados. El elemento común es que comparten la idea de que la pertenencia al Reino Unido no tiene por qué ser un proceso político irreversible y que las tres naciones tienen derecho a plantear democráticamente una eventual redefinición de ese vínculo.

Escocia fue un reino que se unió a Inglaterra en 1707, Gales desde el siglo XVI e Irlanda del Norte tras la independencia de la mayor parte de la isla en 1922. Aunque la declaración de Cardiff por sí sola no cambia el mapa del Reino Unido, tiene un alto valor simbólico además de agregar un elemento que hace que la

oportunidad sea significativa. Por primera las tres administraciones descentralizadas tienen al frente partidos nacionalistas/independentistas. La cuestión de la independencia deja de ser, por lo tanto, una cuestión exclusivamente escocesa. Y lo novedoso es que las tres fuerzas nacionalistas cuestionan simultáneamente la estructura del Estado británico.

Aquí reside, probablemente, la verdadera importancia de la declaración. Su posible éxito es conseguir que la cuestión de la autodeterminación permanezca abierta y obligar a Westminster a responder a ella. El gobierno británico conserva un papel decisivo en la organización de referendos y en cualquier modificación. Escocia podría intentar lograr un nuevo referéndum tras el que tuvo lugar en 2014. Sin embargo, la declaración de Cardiff no fija calendarios.

Quizás la cuestión decisiva de los próximos años no sea si el Reino Unido se rompe o desmantele, sino si será capaz de reinventarse antes de que sus partes dejen de creer en él. Por eso la posición de los tres movimientos nacionalistas puede acabar siendo recordada como el lugar donde la posibilidad de esa ruptura dejo de parecer impensable y podría materializarse a través de una sucesión de decisiones democráticas separadas. El principal riesgo para los tres movimientos nacionalista es que la declaración quede reducida a una fotografía.

No basta con que exista una identidad nacional fuerte. Tendrán que convencer a los ciudadanos de que dos Estados independientes y una Irlanda unificada serían económicamente viables, institucionalmente estables y capaces de preservar sus intereses mejor que la unión actual. Westminster, por su parte. tendrá la responsabilidad de ampliar la autonomía, reformar la relación territorial y demostrar que el Reino Unido puede adaptarse sin romperse. La disputa, en última instancia, será tanto sobre identidad como sobre eficacia política.

El desafío para Londres, por tanto, no consiste simplemente en contener tres fuerzas independentistas, sino en responder a una pregunta democrática que difícilmente pueda ser ignorada indefinidamente. La respuesta tal vez no sea la misma para Escocia, Gales e Irlanda del Norte porque sus historias y marcos jurídicos son diferentes. Pero el principio político que emerge es común.

En este marco, la declaración de Cardiff puede ser un nuevo hito político en la evolución constitucional del Reino Unido. El verdadero impacto no estaría solo en lo que proclama sino en quien tiene la última palabra sobre el futuro constitucional de las naciones que lo integran. Ha colocado además en el centro del debate que el futuro del Reino Unido y su papel en el mundo, incluyendo sus colonias, no debería decidirse solamente desde Westminster.



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