Hace unos diez años, los entonces editores de The Economist, John Micklethwait y Adrian Wooldridge, publicaron el libro La cuarta revolución, la carrera global para reinventar el Estado. Su hipótesis era que el desafío principal de los gobiernos para las décadas que vendrían consistirá en “arreglar’ el funcionamiento del sector público. Los autores cuentan allí varios casos de ajuste, por ejemplo el sueco, que bajó el gasto público sobre el producto de 70% a 45% en los años 90.

Pero donde quizás más ponen énfasis estos dos periodistas es en el caso chino. No solo en los números del ajuste sino en cómo se llevó adelante aquel proceso. Un aspecto central de la modernización del Estado chino, según Micklethwait y Wooldridge, tiene que ver con la calidad de sus elites y su formación. China Executive Leadership Academy Pudong es ejemplo del esfuerzo del país por modernizar su gobernanza. Los autores describen esa institución como una “escuela de cuadros” hiperdisciplinada, dedicada a formar a la elite burocrática del país aplicando métodos de eficiencia que comparan con Silicon Valley, para optimizar la administración estatal. Y hablan de la Universidad Tsinghua como “el MIT de China”, de donde egresan los mejores ingenieros (por el famoso Massachusetts Institute of Technology de Cambridge, Boston de Estados Unidos).

Esta semana falleció un claro exponente de la hipótesis Micklethwait-Wooldridge, el ex primer ministro que condujo al gigante asiático a principios de siglo, Zhu Rongji y que fuera uno de los artífices del repunte de su economía. Zhu lideró un proceso de reformas profundas, marcado por la eficientización del Estado, apertura y baja de la inflación. Bajo su mandato, entre 1998 y 2003, la economía pasó de ser la sexta del mundo a la 3ª (superó a Alemania).

Zhu instó a los gobiernos locales a cerrar o privatizar aquellas empresas estatales de bajo rendimiento, al tiempo que supervisaba la fusión de grandes corporaciones consolidando una política que se conoció como «apostar por los grandes y liberar a los pequeños».

Sin embargo, esto tuvo un alto costo: el número de personas empleadas por empresas estatales se redujo de 77 millones en 1995 a 42 millones al finalizar el mandato de Zhu en 2003, según un estudio del economista Andrew Batson que citó esta semana el diario británico Financial Times.

Zhu nació en Changsha, en la provincia de Hunan, el 23 de octubre de 1928. Se graduó en la Universidad Tsinghua, donde estudió Ingeniería Eléctrica, y obtuvo un puesto muy codiciado en la Comisión Estatal de Planificación inmediatamente después de graduarse. Micklethwait-Wooldridge utilizan a la Universidad Tsinghua como un ejemplo de su argumento sobre el ascenso del modelo de gobernanza asiático (especialmente el chino) y la competencia por el talento. China revivió una antigua estructura imperial meritocrática (el sistema de exámenes y funcionarios altamente calificados) e hizo que los puestos clave de gobierno y de las empresas estatales sean ocupados por tecnócratas e ingenieros egresados de instituciones de élite como Tsinghua. De ahí que para los autores el desafío para el mundo es reinventar el Estado porque China ha logrado avances.

En 1991, Zhu fue ascendido a viceprimer ministro. Asumió la dirección de una economía que pronto avanzaba a toda marcha, con un ritmo de crecimiento del 13%.

“Para 1993 la principal dificultad que enfrentaba el país era la inflación”, agregó a WSJ.

El premier logró controlar una inflación del 27%, depreció la moneda en un tercio y despidió a decenas de millones de personas.

Zhu seleccionó incluso líderes de niveles inferiores, entre ellos a Zhou Xiaochuan para el Banco Popular de China, quien más tarde lo dirigiría durante más de 15 años.

Como el segundo funcionario de mayor rango del Partido Comunista y del Estado entre 1998 y 2003, bajo la presidencia de Jiang Zemin, Zhu centró su gestión en la reforma económica. Fuera de China es recordado principalmente por haber negociado la incorporación del país a la economía mundial mediante su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001.

Zhu combinó los principios del mercado internacional con las realidades internas en un modelo que sus funcionarios denominaron «economía de mercado socialista con características chinas». Esto sentó las bases para que China pudiera atribuirse el mérito de haber registrado el periodo de crecimiento más prolongado de cualquier economía, a pesar de seguir bajo la dirección de un Partido Comunista formado en el aislacionismo maoísta.

“Un reformista pragmático”, lo describió The Economist en su obituario de esta semana a Zhu. Para Sabino Vaca Narvaja, ex embajador argentino en China, “lo más relevante en el contexto actual es que Zhu Rongji no desmanteló al Estado para construir el mercado: utilizó el mercado para modernizar la economía sin renunciar a la capacidad del Estado de conducir el desarrollo”.

Motosierra o no, lo cierto es que la cuestión parece pasar por lo que dijeron Micklethwait y Wooldridge: la clave para los países pasar por ‘arreglar’ sus sectores públicos. Zhu lo hizo.



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