Mientras las potencias globales compiten ferozmente por asegurarse las tierras raras – minerales como el lantano, el lutecio o el escandio – en el plano nacional la discusión política más caliente gira en torno al control de las tierras más vulgares (pero no menos estratégicas) mediante el proyecto de reforma de la Ley de Tierras. Lo que genera tanta controversia es el intento del Gobierno nacional de desregular el mercado inmobiliario rural a gran escala.

El recinto del Senado reabre el 6 de agosto después de la pausa del cuarto intermedio que se aprobó en la última sesión. Fue para salvar el polémico proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad que contiene el tóxico Capítulo III de reforma al régimen de Tierras. Pero nada indica que pueda aprobarse, porque con el paso de los días se suman más senadores reacios a poner el voto de apoyo, aun cuando el oficialismo cedió nuevas posiciones. Ya van por el borrador número 16 del proyecto. En esta semana de receso le agregaron al capítulo 25 del régimen de tierras una cláusula que asegura que cuando se vendan tierras, con autorización de La Nación y de la provincia, queden resguardadas las condiciones ambientales.

El descansadero invernal, en lugar de adormecer a la colectividad política, la dispara para el sprint final del año, que empalma con la campaña electoral para 2027. En el Senado se dictó un receso formal con el pretexto de hacer obras de refacción. En Diputados, aunque permanecieron abiertas las puertas del palacio, un acuerdo entre los jefes de bloque impidió que hubiera reuniones de comisiones o que alguien aprovechase las ausencias para avanzar algunos casilleros.

Cómo regular una desregulación

El debate se postergó porque el dictamen que había llegado a un borrador número 15, con sucesivas concesiones del oficialismo a la oposición, podría fracasar en el recinto por falta de apoyos. Lo que va quedando, comparado con lo que envió el gobierno, no tiene nada que ver con lo que se pretendía.

Las reformas que tuvo esta desregulación regulada por la oposición abren cuestiones que pueden restarle aún más votos. Por ejemplo, que desaparezca la comisión interministerial que hasta ahora podía autorizar la venta de tierras, al pasar la facultad a las provincias respectivas. Eso quiebra la estructura jurídica del régimen, que nació como una necesidad de resguardar zonas estratégicas para la defensa del territorio.

Si se aprueba el proyecto, en adelante una provincia puede venderle a un chino y la otra, limítrofe, negársela al mismo chino —sea estado, individuo o empresa estatal disfrazada de sociedad comercial—. Se pierde el criterio de seguridad nacional que tenía imperio sobre la norma anterior. La complejidad de los efectos de la norma intimida a los legisladores que se preguntan qué interés hay detrás de este proyecto.

Goteo de deserciones

Aparece una presunción canalla, pero que alimenta el empecinamiento del gobierno. El Ejecutivo le mandó a decir a Patricia Bullrich que ese borrador era inadmisible para ellos. Había pasado tanta lavandina sobre las desregulaciones de la venta de tierras a extranjeros, particularmente en zonas de frontera, que implicaba una capitulación ante la oposición. Antes ya le había volteado el capítulo que sepultaba la Ley de Villas. Ahora se eliminó también el “régimen de silencio positivo administrativo”. Si nadie se quejaba, quedaba en firme una venta de tierras a extranjeros, algo hasta ahora altamente regulado.

La oposición amigable aconsejó a Bullrich que se retirase todo el Capítulo III de Tierras para que se aprobase el proyecto. El Ejecutivo se resistió y ahora todo depende de otra oleada de negociaciones para aliviar más la desregulación, porque hay senadores de la oposición amigable que se están bajando del apoyo. Se preguntan, y lo hacen de manera discreta, cuáles son las razones del empecinamiento en este proyecto. ¿Acaso hay detrás de la desregulación de ventas a extranjeros algún negocio con nombre y apellido? Pero nadie puede dar una respuesta (ni decir qué puerta hay que tocar, agrega Litto).

El fantasma del voto “no positivo”

Entre las dudas de los aliados en la Cámara y la dureza de la oposición está Victoria Villarruel, que rechaza la iniciativa y amenaza con desempatar en caso de que sea necesario. En la última sesión, la votación estaba 35 a 35 y Villarruel ya paladeaba recitar el rap del voto “no positivo”.

La vicepresidenta milita entre quienes creen que, si se libera la venta de tierras a extranjeros, alguna potencia puede comprar una porción de algunas provincias limítrofes, ingresar millares de nativos de ese país y generar en el futuro un conflicto soberanista. Algo que la Argentina sufre en carne propia con los alzamientos de pueblos originarios que reclaman la posesión de comarcas ancestrales—los mapuches del sur, por ejemplo—. Es un riesgo en un mundo donde Donald Trump quiere sumar a Canadá como un estado de la Unión, o presiona a Europa para que le ceda el control de Groenlandia.

Mauricio Macri ha contado con gracia aquella vez que Trump, mirando el mapa de Sudamérica, le preguntó qué era esa franja fronteriza de la Argentina al oeste. “Es Chile”, le explicó. “You should conquer Chile, so you have both oceans” (“Deberías conquistar Chile, así tendrías ambos océanos”). Habrá creído que era como comprar un departamento.

El don de la inoportunidad

Este tipo de cuestiones se complican en un país que viene del turbión del Mundial, que ha levantado el ánimo del soberano con algúna razón. La epopeya de las remontadas, el protagonismo del “10” y la serie de victorias llevó a la Argentina a protagonizar una ola internacional nunca vista antes. Es el único seleccionado que logró que aparecieran hinchas en todo el mundo, dentro de las canchas y fuera de ellas, que alentaban por la celeste y blanca. Ya habrá algun estudioso que encuentre las razones de ese liderazgo internacional que se cortó con el final —bastante airoso, eso de perder por un gol en el tiempo suplementario—. Ese abrupto final no oscurece la trayectoria. Motivó como en todo campeonato una contraola de los memes y trolls de la revancha. Nada que no hubiéramos visto en otras copas de fútbol. La visibilidad de este campeonato magnificó la gesta del ‘tetracampeón’ y también su contraola.

El gobierno quedó descolocado porque tiene el don de la inoportunidad. ¿A quién se le ocurre hablar de vender tierras y mandar a tratar un proyecto el día después del triunfo ante Inglaterra, que es cuando terminó el Mundial para la Argentina? Lo peor que le podía pasar aquel día, antes del tratamiento de la Ley de Tierras, era perder con Inglaterra y jugar un sábado contra Francia y perder. Por eso con ganarle a Inglaterra se completó la misión. El resto es esperanza y fraternidad, y altanería propia del juego de estrellas. Lo ilustra la frase del arquero al terminar el partido: “Tengo que ver si es momento de dar un paso al costado”. Nada más argentino, porque al argentino, si no gana, ya no le interesa.

Aficionados sin olfato

Si algo distingue al político de experiencia es saber manejarse ante los acontecimientos de gran conmoción social. Un gobierno de aficionados, marcianos y contadores carece en absoluto de olfato político. La primera demostración es el caso Adorni. Hay un dicho de Felipe González que enseña que el problema en política no es meter la pata, sino saber sacarla pronto.

Cualquier gobernador, cuando tiene un moco de estos, toma medidas inmediatamente, echa al funcionario y sepulta el conflicto. Les pasó lo mismo con el mundial. ¿Cómo la ministra de Seguridad va a criticar a los que fueron con la bandera de Malvinas al partido? ¿Cómo funcionarios del gobierno van a criticar lo que decía Messi sobre que la gente no llega a fin de mes? Es un error producto de la incomprensión de los movimientos públicos. A todos los gobiernos les cuesta interpretar al soberano, que es el pueblo, la voz de Dios, según el dicho.

Ya que estamos homéricos con La Odisea de Christopher Nolan, escuchemos al concilio de los dioses cuando se quejan de que los humanos los responsabilizan de todo, hasta de los resultados del fútbol. Dice Zeus: “Es de ver cómo inculpan los hombres sin tregua a los dioses achacándonos todos sus males. Y son ellos mismos los que traen por sus propias locuras su exceso de penas” (Odisea, Canto I).

Nolan le hace decir a Matt Damon-Odiseo, que estuvo el domingo ornado con la albiceleste: “Los dioses no hablan para ser oídos”. No figura en el texto de Homero, pero Nolan se toma la libertad de interpretarlo con esa línea que recrea otra del bardo: “Los dioses no hablan de maneras que entendamos”. No es difícil equivocarse, dice la lección. El economista Paul Krugman agrega en un posteo de estas horas: “Si uno sigue y presta atención a las posturas de la gente, resulta evidente que quienes pasan mucho tiempo en Twitter, especialmente las élites, empiezan a creer que las opiniones que escuchan allí representan la realidad del país, lo cual no es cierto. De hecho, sí influye en la política y en la interpretación de la opinión pública, inclinándola hacia la derecha.”

Por ese error de tragarse todo lo que sale del teclado ajeno -y la imbecilidad de quienes responden con la propia a todo lo que leen- es que los gobiernos no interpretan rectamente lo que pasa en las profundidades de la opinión pública. Por eso gastan fortunas en construir ídolos y leyendas que se derriban con el artesanal momento del voto.

Patricia homérica, Adorni trágico

El ejemplo, casi homérico, es Patricia Bullrich. Cambiemos, la coalición que representa a la mayoría del electorado argentino, creyó que ella era la mejor candidata a presidente. Ni entró en el balotaje y fue capturada como cautiva del gobierno que le ganó, encabezado por Milei.

Trágico, más que homérico, es el destino de Adorni, que era la gran esperanza blanca y fue el año pasado candidato en CABA, distrito del presidente, por el partido del presidente y de la hermana. Sacó el 15% de los votos medidos contra la totalidad del padrón. No entró de concejal, que era para lo que había sido votado y, aunque encabezaba las encuestas y la métrica de la recaudación de plata para su campaña, se precipitó en el agravio por su conducta, perdió la jefatura de gabinete y hoy permanece en un limbo echándole la culpa a los dioses —el pueblo, a quien representa la prensa mucho mejor que los gobiernos— de su desgracia. Que le responda Zeus, o Matt Damon.



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