Después de Colombia llegan las urnas de Perú. Es algo más que el calendario. Aquel antecedente, con la victoria sorpresiva y preliminar en primera vuelta del populista de derecha Abelardo de la Espriella, gana mayor significado si este domingo se instaura, como sería probable, otra alternativa semejante en la región. Aquí de la mano de Keiko Fujimori, la hija del dictador Alberto Fujimori, muerto hace dos años. El capítulo mayor de estas probables mutaciones en el mapa sudamericano aparece apenas más adelante, en la compulsa brasileña de octubre, donde un líder tradicional de origen socialdemócrata y ya muy girado al centro, el presidente Lula da Silva, enfrentará a otro miembro de esa legión del llamado alt-right iliberal, Flávio Bolsonaro.

Son múltiples las razones para este proceso en el que intervienen fuertes cuotas de decepción pública con el sistema, lo que lleva a votar por experimentos políticos. Perú forma parte del mismo drama, pero su caso tiene peculiaridades. La misma frustración es evidente si se observa el caudal de indecisos y los votos en blanco y nulos de la primera vuelta: 16,6%, apenas debajo de lo que obtuvo Keiko (17,1%) y más que su rival, Roberto Sánchez (12,0%). Ese universo disgustado llegaría al 25% este domingo. Es un electorado que no percibe que haya algo bueno para elegir y va por lo que supone menos malo.

Ese desvío puede explicar que en Perú la disputa se corone con una dirigente como Fujimori, que carga una mochila de causas de corrupción además del peso del oscuro pasado de su padre. Y del otro lado, un político que viene del núcleo del expresidente golpista Pedro Castillo, un mandatario oportunista que en su historia pivoteó entre derecha e izquierda y, hasta intentar emular la rebelión fujimorista con el autogolpe de diciembre de 2022, encabezó un gobierno tan desorientado como ineficiente.

Esas diferencias entre los candidatos, según las encuestas siempre de valor muy relativo, muestran un país cortado en dos. Estudios como el de Kambista y las primeras proyecciones posprimera vuelta situaron a ambos postulantes con un idéntico 38% para este domingo. Ipsos/Perú 21 le da una ligerísima variación a Keiko: 39% frente al 35% de su rival. Pero no es solo eso lo que ven los analistas. “A días de las elecciones, el dato más llamativo es el tamaño del voto blanco y viciado (nulo). Ambos suman 24,9%, una cifra extraordinariamente alta”, sostiene Urpi Torrado, de Datum Internacional. Alfredo Torres, titular de Ipsos, coincide: “La gran incógnita en la última semana es qué harán los indecisos o los que declaran que piensan votar en blanco o viciado. La lógica del mal menor será la que defina en última instancia”.

Los estudios señalados a Clarín coinciden en que el electorado peruano está fracturado, pero además bajo un patrón geográfico muy marcado, similar al de procesos electorales anteriores. El detalle indica que Lima y la Costa Central son el bastión de la hija de Fujimori, donde llega a superar a su rival por más de 25 puntos de diferencia: 50% a 25%. El Sur y las zonas rurales son el territorio fuerte de Sánchez, quien lidera ampliamente con 57% a 19%, efecto que también se nota en el interior del país. El norte, entre tanto, está completamente peleado (apenas un par de puntos de diferencia), por lo que capturar los votos de esta región inclinaría la balanza.

Fuera de las elecciones, aquella noción de que este balotaje no se define por quién genera más entusiasmo, sino por quién despierta menos rechazo, anuncia que el próximo gobierno nacerá con una debilidad de legitimidad de origen muy marcada.

No habrá tampoco luna de miel; las demandas son inmediatas por una población hastiada por la crisis económica y el miedo a la inseguridad. Un cuarto de la población del país está en la pobreza (25,7%), nivel superior al que había antes de la pandemia. Pero el 32,8% del resto se encuentra en situación de “vulnerabilidad monetaria”. Si bien técnicamente no son considerados pobres porque cubren apenas la canasta básica, están en un riesgo muy alto de volver a caer en la pobreza por cualquier mínima circunstancia.

Sánchez ha hecho esfuerzos para presentarse como un rostro del cambio y haciendo eje en esos sectores históricamente postergados del interior del país. Una estrategia que explica su posicionamiento en las encuestas y que emerge de un antiguo orden que refiere a un Perú de dos países: el interior, “el allá” como diría Truman Capote, y las urbes que le han dado la espalda a esa otra nación oculta. Le pesa, sin embargo, el lastre de Castillo, de cuyo mediocre gobierno fue ministro de Comercio Exterior y Turismo.

Fujimori, a su vez, a tono con el discurso que crece en las derechas de la región, se ha posicionado como la opción del mercado —que su rival no discute tanto—, pero también del “orden, la seguridad y la firmeza” frente a la fragmentación social y la violencia urbana. Y lo ha hecho con un discurso más maduro y menos confrontativo que en otros intentos.

Quien gane tendrá una ventaja frente a la moda de descabezamientos de presidentes que ha marcado al país (ocho en la última década), en su mayoría por causas abstractas como “Vacancia por Incapacidad Moral Permanente”. Un abuso del artículo 113 de la Constitución que en el 1800, cuando fue redactado, traducía “moral” como una situación psíquica. Ha sido tal ese vicio que aquí se ha hecho popular el neologismo de “vacar”, traducido como derrocar jefes de Estado por el Parlamento unicameral. Ahora el Legislativo tendrá dos cámaras: una puede plantear una causa, pero la otra juzgará, como es usual en el resto de la región, y ese nuevo esquema posiblemente complique y hasta anule el petardeo contra los mandatarios.

El dato consistente de que los electores votarán tapándose la nariz por quien creen que es el menos malo llevó a Fujimori a militar para romper su techo histórico del antivoto. Por esa mácula, en 2011 perdió contra Ollanta Humala; en 2016, por un margen mínimo frente a Pedro Pablo Kuczynski; y en 2021, por apenas unos 44.000 votos contra Pedro Castillo.

Tiene ahora la ventaja de que a Sánchez le costará ganar el apoyo del voto centrista, que suele ser más disciplinado en las urnas. Pero Perú tiene otra característica: no existe una identidad partidaria fiel. El voto es sumamente elástico y responde a los acontecimientos inmediatos, los de la última semana, a los debates y a los errores de campaña. Por ello, todo está en manos de los indecisos y los enojados, que probablemente son los mismos.



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